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CAPÍTULO 1

 

Washington, D.C.

 

Desde su juventud, Enric Savall siempre había tenido creencia en un pensamiento, un pensamiento que le fascinaba, incluso le perseguía. 

Precisamente, poco después de desayunar, en la absoluta soledad que brindaba la cocina de su casa, con el periódico entre sus manos, pudo leer un breve artículo que hacía referencia sobre ello.

Leyó para sí mismo:

«Hay asesinos en serie que, a pesar de su perturbación mental, poseen una inteligencia privilegiada que les hace conseguir la “perfección” en su conjunto de crímenes y llegan a convencerse a sí mismos de haber consumado auténticas “obras de arte”. De hecho, en ocasiones, consiguen poner en jaque al cuerpo policial encargado del caso, incapaces éstos de resolverlo y perdiendo definitivamente la partida con estos seres despreciables.»

Enric, todavía sentado a la mesa, cogió uno de sus inseparables puros, guardado en el bolsillo interior de su imponente cazadora de cuero negra, colgada en el respaldo de la silla más próxima a la suya. Lo colocó entre sus labios, lo sostuvo con la mano derecha, accionó el encendedor y comenzó a aspirar con parsimonia, saboreándolo con deleite. Una vez encendido completamente, siguió leyendo:

«¿Son seres superiores? O ¿simplemente han nacido con ese don, el don de la muerte? O tal vez… ¿acaso están bendecidos por Dios...?»

Una tímida sonrisa apareció dibujada en su rostro, mientras sus ojos resplandecían con fuerza.

—Una interesante reflexión… —susurró, sin apartar la vista del periódico.

Tras unos breves instantes releyendo el artículo con avidez, se quedó pensativo, hipnotizado por los recuerdos que ahora se agolpaban en su cabeza.

«Bendecidos por Dios… —recapacitó sobre el artículo—. Sí, podría ser… ¿por qué no? Tal vez yo también lo esté», pensó, ampliando su sonrisa progresivamente.

A causa de los asesinos en serie más famosos a lo largo de la historia, él era quien era: con apenas quince años ya le habían interesado todos esos fragmentos macabros de la Historia estadounidense, comenzando a documentarse en profundidad, fascinado por ese supuesto poder con el que conseguían asesinar a seres humanos sin que la Policía pudieran echarles el guante hasta una vez finalizadas sus «obras», o incluso jamás.

Pero no sentía fascinación por el hecho de asesinar, ni mucho menos, sino por el hecho de que consiguieran despistar una y otra vez a sus cualificados perseguidores y se mantuvieran fuera del alcance de sus garras mientras continuaban ejecutando sus horribles acciones, demostrando así su poder. Eso era lo que realmente le causaba admiración: esa aureola de superioridad que parecían poseer.

 

 

CAPÍTULO 2

Madrid, 16 de febrero

 

Un nuevo día amanecía en Madrid, mientras Tomás Peña avanzaba con paso firme por el pasillo de su casa, donde le esperaba el desayuno preparado por su mujer. Refunfuñando entró en la cocina, y es que una vez más su hijo había tenido pesadillas y sus gritos le habían vuelto a despertar sobresaltado en mitad de la noche. 

—Buenos días, cariño. ¿Pudiste dormir después de los gritos? —preguntó Isabel Iglesias mientras escudriñaba el rostro de su marido.

—Un poco. La verdad es que me costó volver a dormirme —dijo, resignado.

Era relativamente normal que su hijo en mitad de la noche comenzara a gritar y a decir palabrotas. Sufría pesadillas de vez en cuando desde hacía ya unos dieciséis años. Cuando esto ocurría, rápidamente Isabel Iglesias se levantaba de la cama para despertarlo. Siempre tenía que zarandearlo varias veces hasta conseguir sacarle del trance. Esos gritos ponían muy nerviosos tanto a él como a su mujer, incluso el bello se les erizaba. Aquellas voces en mitad de la noche y ante la total oscuridad reinante les parecían incluso aterradoras. Una vez que conseguía despertarlo, Isabel se sentaba al borde de la cama de su hijo hasta calmarlo, al despertarse siempre horrorizado y aterrado, lo que le llevaba unos cuantos minutos. Sin embargo, por alguna razón que desconocía, aquella noche se despertó de la pesadilla tan sólo alterado.

Tomás se sentó a la mesa y preguntó por la ausencia de su hijo, al parecerle extraño que no estuviera ya atiborrándose de bollería, como era lo normal. Su mujer le comentó que Cristian estaba repasando unos ejercicios que su profesor le había entregado como deberes y que no tardaría en desayunar.

Cristian Peña era el único hijo que tenían, ambos decidieron convencidos no tener más descendencia. De lunes a viernes acudía al Centro Especializado para Retrasados Mentales. Hacía poco más de un mes que cumplió los veintiocho años de edad, era de baja estatura, pelo rizado moreno y más bien obeso. Su semblante mostraba claramente su deficiencia.

En el preciso instante en que Tomás Peña se disponía a untar la mantequilla sobre una tostada, su teléfono móvil comenzó a sonar estrepitosamente. Cristian irrumpió en la cocina, con sus gafas de montura de color rojo en la mano, tarareando cómicamente la musiquilla que el teléfono emitía. Isabel no pudo reprimir una carcajada al ver a su hijo bailando tan grotescamente.

Tomás visualizó la pantalla del móvil antes de descolgarlo y pudo ver el nombre del inspector de Policía de su brigada.

—Buenos días, Eduardo —contestó Tomás Peña.

—Buenos días, Tomás. Tenemos un nuevo caso. Aquí en la ciudad. Un posible homicidio... El jefe quiere que nos reunamos en el lugar de los hechos ahora mismo —dijo Eduardo Venegas al otro lado de la línea.

Tomás tragó saliva y tardó unos segundos en reaccionar. Rápidamente fue en busca de papel y bolígrafo para anotar la dirección. No era habitual aquella urgencia, pertenecía a una brigada especializada en resolver los casos que otras plantillas policiales no conseguían resolver. Por tanto, siempre eran avisados con bastante tiempo de antelación. Esta vez era distinto. Por lo que pudo comentarle Eduardo Venegas antes de colgar, algún pez gordo del Gobierno de España se había asegurado de que se encargara del caso el cuerpo policial más cualificado en homicidios.

Cogió la tostada, vertió el café en un vaso de plástico y a toda prisa abandonó su domicilio. De camino a la dirección que el inspector le había comunicado, Tomás Peña intentaba digerir la información que acababa de recibir.

«Un pez gordo del Gobierno de España interesado en resolver este caso... ¿Será alguien importante la persona que han encontrado muerta?», pensó inquieto y a la vez ilusionado por intervenir en un caso sonado.

Cuando acabó de comerse la tostada y beberse el café, se quedó con las ganas de no haber podido terminar el resto del desayuno que su mujer había preparado.

—Joder, no dejan ni desayunar —masculló en el interior del coche mientras conducía en dirección al número once de la calle Jardines.

«En el centro de Madrid, al lado de la Puerta del Sol y de la Gran Vía», pensó.

Cuando llegó, una profunda desilusión se apoderó de él, y volvió a comprobar si no se habría equivocado de dirección. Él esperaba una casa grande y lujosa, sin embargo, se encontró delante de un bloque de pisos de lo más corriente. Estaba claro que la hipótesis de que el posible homicidio fuera de una persona importante, se desvaneció al instante.

«No comprendo qué tendrá que ver un pez gordo del Gobierno aquí.»

En las inmediaciones del portal del edificio la gente se agolpaba para indagar sobre lo que sucedía, al hallarse varios coches de policía aparcados y varios agentes merodeando por la zona, lo que despertó el interés del vecindario.

Tomás Peña enseñó sus credenciales a los agentes que vigilaban la entrada. Uno de ellos la inspeccionó detenidamente.

«Inspector de Policía de la Brigada de Homicidios y Desaparecidos», pudo leer el agente, y acto seguido le dejó pasar.

Comenzó a subir las escaleras al estar inutilizado el ascensor por medida de seguridad. Mientras subía andando se topó con varios agentes en busca de cualquier indicio relacionado con el caso. Nada más entrar en el domicilio pudo reconocer la voz de su jefe desde la distancia. El inspector jefe Ángel Prado poseía una voz grave y poderosa, inequívoca para Tomás Peña. Fue directo hasta la habitación de donde provenía la voz de su jefe. Lo distinguió nada más cruzar el umbral.

El inspector jefe estaba de espaldas, con su pelo canoso alborotado, dando órdenes a un agente de la Guardia Civil. Era un tipo inteligente y brillante en su trabajo, que poseía una gran reputación dentro del cuerpo policial. Tomás le admiraba por ello, y siempre intentaba aprender de él. Y, sobre todo, quería estar a la altura y no defraudarle en lo referente al trabajo policial. Cerca del inspector jefe de Policía estaba el inspector Eduardo Venegas, quien minutos antes le avisó por teléfono; tomaba unos apuntes en su inseparable libreta de tamaño reducido.

Por los muebles, Tomás Peña dedujo que era el dormitorio principal. Una cama de matrimonio ocupaba gran parte de la habitación, con un espejo de grandes dimensiones sobre la cabecera de la cama y dos mesillas, una a cada lado de la misma. Un armario empotrado cubría totalmente una pared y unos cuadros adornaban las dos paredes restantes, pareciendo estar todo en su sitio. Había agentes por todos lados; unos buscando huellas dactilares; otros, examinando cada rincón de la habitación, incluso un médico forense al lado de la cama. Antes de dirigirse a su superior, pudo observar el cadáver de un joven casi desnudo tumbado boca arriba sobre la cama de matrimonio. La sábana y el almohadón estaban totalmente empapados en sangre. Al acercarse un poco más pudo ver que su cuerpo sólo mostraba moratones. Nada de cortes ni nada por el estilo que hubiera provocado tal derrame, al menos en la parte frontal. Su cabeza, por otra parte, daba muestras de haber sido golpeada con violencia y estaba cubierta de sangre.

—¡Peña!, te estaba esperando... —dijo el inspector jefe de Policía Ángel Prado mientras caminaba a su encuentro—. Quiero que en cuanto se calme la mujer del chico asesinado, hables con ella y te cuente lo sucedido. Cuando hemos llegado se encontraba histérica, y le han tenido que administrar unos calmantes. Creo que se encuentra en el otro dormitorio.

—De acuerdo, ahora mismo iré a hablar con ella. ¿Sabemos algo al respecto de lo ocurrido aquí? —preguntó mientras volvía la mirada al cuerpo inerte del joven.

—Como puedes observar ha sido asesinado mientras dormía, y su mujer afirma que no se ha enterado de lo ocurrido... y dormía en esta misma cama —dijo con incredulidad señalando la cama donde yacía el cadáver.

Tomás Peña enarcó las cejas, sorprendido por tal afirmación. Que mataran a su marido a golpes, o eso parecía, y que ella no se percatara de nada, era algo inconcebible.

—Eso es todo lo que nos ha podido contar antes de sufrir un ataque de ansiedad —continuó el inspector jefe—. Pero lo más curioso es que todavía no hemos encontrado ninguna huella dactilar que no sea la de los inquilinos. Ni siquiera estaba la puerta del domicilio forzada. —Ángel Prado miró a Tomás Peña en busca de su reacción. Tomás lo miró sorprendido unos segundos, y su atención regresó al cadáver que yacía a escasos centímetros de él.

—Tal vez lo haya asesinado su mujer... —comentó en voz baja el médico forense sin levantar la vista de su bloc. Después de unos segundos en silencio prosiguió—. Sus huellas están por todo el cuerpo de su marido.

—Tal vez primero se lo folló, y como no le gustó nada... lo mató —dijo sonriente el inspector de Policía Eduardo Venegas.

El inspector jefe le clavó la mirada y no tardó en recriminarle ni un segundo:

—Dejaos de chorradas y encontradme el objeto con el que fue asesinado —exigió endureciendo su tono de voz. Después se acercó al forense—. ¿Ya has averiguado cómo y cuándo murió? —le preguntó.

—Fue atacado mientras dormía. Falleció a eso de las tres y media o cuatro horas de la madrugada. A la espera de hacerle la autopsia, parece claro que murió por los brutales golpes sufridos en el cráneo, sobre todo por el asestado en la parte posterior.

El inspector jefe giró la cabeza como un resorte en dirección hacia él.

—¿En la parte posterior del cráneo? Eso significa que no murió mientras dormía, al menos en esta postura...

—Tal vez al recibir el primer golpe en la frente, le dio tiempo a incorporarse para huir o defenderse, y en ese momento el asesino le asestó el golpe definitivo en la parte posterior de la cabeza —opinó el inspector Venegas.

—Tal vez —intervino el médico forense, pudiendo comprobar cómo los tres miembros de la Brigada de Homicidios y Desaparecidos de Madrid allí presentes estaban sumidos en sus pensamientos. Decidió proseguir discerniendo su examen corporal—. Ha recibido golpes por todo el cuerpo, a excepción de las piernas. Como podéis observar, tanto el tórax como el abdomen están amoratados a consecuencia de los golpes sufridos. En la espalda ocurre exactamente lo mismo. No ha recibido cortes ni incisiones por ningún tipo de arma blanca o similar.

—Lo han molido a palos... —dijo el inspector jefe aparentemente afectado.

—Lo que es inverosímil es que su mujer no se enterara de nada, sobre todo si hubo reacción de la víctima al ataque del asesino —dijo un confundido Tomás Peña.

—El asesino pudo anestesiarla antes de matar a su marido... pese a que ella lo negó rotundamente. Por si acaso, la Policía Científica ya se ha encargado de realizar a la chica una analítica completa —informó el forense—. Volviendo al «actor principal»: por las brechas en la cabeza, el asesino debió de utilizar algún objeto contundente. Pero lo más curioso es que no hemos encontrado ni una salpicadura de sangre, por minúscula que ésta sea. Tras asestarle esos tremendos golpes en la cabeza, tendría que estar la cabecera de la cama y este bonito espejo salpicado de sangre —añadió el médico forense.

—No sé por qué me da que este caso nos va a traer de cabeza —opinó resignado el inspector Venegas.

En ese instante apareció a su lado el subinspector de Policía Javier del Barrio, el cuarto y último miembro de la Brigada de Homicidios y Desaparecidos. Se dirigió al inspector jefe sosteniendo unos apuntes en la mano.

—Hola, jefe. Ya tengo lo que me pediste. La chica fue quien avisó a la policía, a las cinco y veinte de la madrugada. Se llama Rita Torrents y tiene veinticuatro años, está en el paro desde hace poco tiempo y estaban casados desde hace tres meses. Desde entonces viven aquí. La víctima, que era su marido, se llamaba Víctor López y tenía veintiséis años. Trabajaba en una compañía de seguros, y por lo visto su padre tiene una gran amistad con José Miguel Casas, vicepresidente tercero del Gobierno. —Levantó la mirada y ojeó a sus compañeros integrantes de la brigada. Después continuó—. De ahí que hayan querido asignarnos este caso desde el principio.

El inspector jefe de Policía Ángel Prado lo interrumpió.

—Nos van a presionar muchísimo para resolver este caso lo antes posible. Eso tenedlo claro, así que nos tendremos que poner las pilas desde ya.

El inspector jefe siempre les exigía el máximo, y cuando se adentraban en un caso, les exprimía desde el primer segundo en busca de lo mejor de cada uno de ellos. Posiblemente, gracias a ello, la Brigada de Homicidios y Desaparecidos de Madrid había conseguido resolver varios casos que las plantillas policiales asignadas no habían logrado.

Después de la interrupción, Javier del Barrio prosiguió.

—Por lo que me han contado los vecinos, nadie ha oído nada extraño esta noche ni han visto a ningún desconocido en el bloque de pisos. Sin embargo, los vecinos más próximos sí que han oído una acalorada discusión de ellos esta noche, alrededor de las diez, aunque han asegurado que era la primera vez en el poco tiempo que llevaban viviendo aquí. Todos han coincidido en que era una pareja encantadora y que se les veía muy felices. The end —acabó diciendo.

El inspector Tomás Peña comenzó a digerir toda la información recibida hasta ese momento, y le pareció cada vez más clara la opción de que la mujer del pobre chico muerto fuera la verdadera asesina. No había ninguna huella aparte de la suya y no habían forzado la puerta de la vivienda. Pero, ante todo, para Tomás había algo muy claro. «Lo que más la inculpa es el hecho de mentir diciendo que no se percató del asesinato, estando en la misma cama que su marido... Es totalmente imposible que no se diera cuenta de nada. Es indudable que miente. Estoy impaciente por hablar con ella y ver cómo reacciona ante los hechos evidentes que aquí se hallan.»

—Señores —dijo el inspector jefe a todos los allí presentes—. Necesito el objeto con el que se cometió el crimen. Si no está en esta vivienda, tendremos que sacar a relucir todo nuestro ingenio para descubrir su localización. Y no espero menos de vosotros —terminó diciendo. Seguidamente señaló al inspector de Policía Venegas—. Eduardo, quiero que te encargues tú. Consíguemelo.

Eduardo Venegas asintió y se marchó convencido en sus posibilidades, acompañado por dos guardias civiles encargados en la colaboración del caso. Le esperaba una ardua tarea por delante. En el domicilio, al igual que en el edificio, no habían encontrado el arma del crimen, así que bajó a la calle para inspeccionar cada rincón en unos cuantos metros a la redonda. También examinaría el vehículo registrado a nombre del matrimonio en busca de cualquier rastro sospechoso.

Mientras, el inspector jefe Ángel Prado abandonó el lugar de los hechos y se marchó a la Jefatura Superior de Policía de Madrid. No sin antes ordenar al subinspector Javier del Barrio investigar el círculo de amistades y contactos del matrimonio en busca de alguna pista, así como también consiguiera el extracto de llamadas telefónicas de los últimos meses. Al inspector Peña le recordó la cita con la mujer de la víctima y única sospechosa. Le aconsejó que intentara presionarla todo lo que pudiera por si, como sospechaban ellos, era la presunta asesina y así conseguir desenmascararla.

 

 

  

CAPÍTULO 3 

El inspector Tomás Peña se dirigió a la habitación de invitados donde le habían comunicado que se encontraba Rita Torrents. 

Tomás tenía cincuenta y dos años, nacido en Albacete pero residente en Madrid desde que contrajera matrimonio con Isabel Iglesias. Era alto, delgado y se mantenía en forma en el gimnasio que ostentaba la Jefatura Superior de Policía de Madrid. Era un hombre de mucho carácter.

Esperaba que la sospechosa se encontrara en condiciones de poder hablar después de haber sufrido un ataque de ansiedad. La habitación se encontraba con la puerta cerrada y un agente de la Guardia Civil montando guardia. Al entrar en la habitación se encontró con una joven tumbada en la cama y dos personas más sentadas al borde de la misma, un hombre y una mujer.

«Serán familiares, tal vez sus padres.»

—¿Rita Torrents? —preguntó Tomás Peña.

—Sí, soy yo —respondió lánguidamente la chica que se encontraba tumbada.

—Hola, soy inspector de Policía, y quisiera hablar un momento a solas con usted —dijo, intentando despachar a las restantes personas disimuladamente.

La mujer que acompañaba a Rita se despidió de ella susurrándole algo al oído y besándola en la mejilla.

«Sin duda alguna es su madre», pensó Tomás al observarlas.

Antes de marcharse la supuesta madre, se detuvo ante él y le advirtió que su hija se encontraba débil y tremendamente trastornada.

—No se preocupe —le contestó después de asentir. Se acercó a Rita Torrents y se sentó al borde de la cama. Pudo distinguir el sufrimiento en su rostro, y su mirada perdida pero a la vez horrorizada le hizo dudar de su supuesta culpabilidad. Pese a ello parecía encontrarse serena y un tanto adormecida.

«Los calmantes serán los culpables de su estado.»

Ella se retiró el flequillo que tapaba levemente su ojo izquierdo. El color pelirrojo de su cabello le hipnotizó por unos segundos, poseía un pelo precioso.

—¿Qué tal se encuentra? —Intentó concentrarse en su trabajo, mientras colocaba una grabadora de bolsillo en la mesilla al lado de la cama y pulsaba el botón «REC».

Ella desvió la mirada y un fuerte suspiro acompañó a un evidente gesto de dolor.

—Imagínese... Quién ha podido hacerle esto a mi marido... por Dios santo —su voz seguía siendo apagada y sin vigor. Unas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Parecía intentar reprimir su llanto, y acto seguido cogió de la mesilla un pañuelo de papel y se secó las lágrimas. Después se lo llevó a la boca, y movió la cabeza en forma de negación varias veces con parsimonia.

Tomás Peña no perdía detalle de todas sus reacciones en busca de cualquier indicio que la delatara como sospechosa. Sin embargo, de momento, o era muy buena actriz o realmente no era la asesina. También analizó su rostro y manos en busca de cualquier herida o muestra de algún golpe o magulladura, algo que no percibió. Así que decidió entrar en materia.

—De momento no hemos encontrado ninguna pista sobre el asesinato, ni huella dactilar aparte de la suya. Si no es mucho pedir, le agradecería que me contara todo lo ocurrido esta madrugada.

Inquieta, movió los labios en silencio y su gesto se tornó apesadumbrado. Tras unos momentos de mutismo, comenzó a hablar.

—Anoche nos acostamos no muy tarde, él tenía que trabajar hoy. —Nuevamente pareció como si fuera a llorar, pero finalmente reprimió las lágrimas. Antes de continuar se tomó unos momentos para recuperarse, estaba temblando, y comenzó a respirar profundamente intentando tranquilizarse.

El inspector Tomás Peña le acarició el brazo.

—Tranquila, tómese su tiempo, no tenemos prisa.

Cuando consiguió relajarse, continuó.

—A media noche me desperté un momento al sentir un poco de frío en la espalda; estaba tumbada boca arriba y me giré para cambiar de postura. Después…

—¿No oyó nada en ese momento? Cualquier sonido —la interrumpió.

—No, el silencio era absoluto.

Él asintió y la animó a continuar.

—Después de dormirme nuevamente, volví a despertarme al sentir frío y percibí la sábana mojada. Encendí la luz de la mesilla y... —Ya no pudo reprimir por más tiempo las lágrimas y comenzó a llorar con gemidos escandalosos.

Él intentó tranquilizarla sin demasiado éxito, ahora ya no surtían efecto las caricias y el consuelo, y dudaba cada vez más en que esa chica totalmente destrozada por lo ocurrido tuviera algo que ver con el asesinato. Comenzó a sentirse incómodo ante aquella situación al tener que seguir interrogándola a pesar de estar totalmente destrozada.

«Tengo que calmarla antes de que vuelva a sufrir un ataque de ansiedad.» Ahora que dudaba de su culpabilidad, repasó mentalmente toda la información e intentó obtener una respuesta sobre la pista más concluyente que la inculpaba. «¿Qué pasó para que no se diera cuenta de que asesinaban a su marido?», se preguntaba continuamente. Comenzaron a lloverle posibilidades, una tras de otra. «Tal vez el asesino la sedó antes de matar al chico, pero ella se hubiera despertado y lo recordaría. O puede que tomara algún somnífero... »

Tras estos pensamientos ya la miraba desde otra perspectiva, la de la inocencia, aunque por poco tiempo. «¿Y si ella no lo asesinó, pero es cómplice? Puede que se arrepienta de lo que ha hecho y ahora los remordimientos la corroen por dentro. De ahí todo ese sufrimiento emocional “real”, eso lo explicaría todo.»

Rita Torrents estaba consiguiendo poco a poco calmarse, con la ayuda del inspector Peña, respirando profundamente y pudiendo así controlar sus emociones. Había estado muy cerca de sufrir un nuevo ataque de ansiedad, pero ahora recobraba la normalidad.

Mientras, Tomás Peña seguía muy serio, y aguardaba el momento oportuno para reanudar el interrogatorio. Le acercó un vaso de agua que reposaba en la mesilla de noche, al lado de la cama. Ella bebió tímidamente.

—Quiero terminar cuanto antes con este martirio, no puedo soportar el recordar lo sucedido. —Rita Torrents estaba profundamente afligida.

—Bien, la entiendo perfectamente. Nos saltaremos la parte en que descubre el estado de su marido. ¿Qué hizo a continuación?

—Cuando comprobé que estaba muerto, llamé a la policía —dijo mientras se tapaba la cara con ambas manos.

—A las cinco y veinte de la madrugada, ¿es correcto?

Ella asintió con un leve movimiento de la cabeza, sin mucha convicción.

—Bien, dígame, ¿tomó anoche algún tipo de somnífero o calmantes?

Ella negó categóricamente.

—¿Notó algún pinchazo en su cuerpo mientras dormía? O algo extraño... no sé…

Ella se quedó un momento pensativa, en silencio, mirando al techo.

Él esperaba ansioso esa respuesta, era una prueba vital para saber si era culpable. Lo único que podía haber ocurrido, si era inocente, es que el asesino la hubiera sedado con una inyección mientras dormía. Un pinchazo tal, lo normal es que la hubiera despertado antes de que hubiera surtido efecto en su organismo, pero cabía la posibilidad, si se encontraba en un sueño muy profundo, que tan sólo hubiera percibido un pequeño pinchazo, lo justo para notarlo y no despertarse, pero sí recordarlo.

—No, no sé a qué se refiere, pero no noté nada aparte de frío y humedad en la cama —contestó, evidenciando su incomprensión por aquella pregunta.

«Entonces queda muy claro, tú lo mataste. Espero que no puedas vivir en paz el resto de tu vida.»

—¿Algo más que pueda interesarnos? —Intentó disimular su repentino odio hacia ella.

Rita Torrents movió los labios sin articular palabra y negó con la cabeza a la vez que enarcaba las cejas.

El inspector de Policía Peña repasó las notas. No albergaba dudas, pero necesitaba cualquier otro detalle que se le hubiera podido escapar a la sospechosa; todavía había que darle el beneficio de la duda.

—A lo largo del día de ayer, ¿notó algo raro en el comportamiento de su marido, algún comentario fuera de lugar que entonces no le dio mayor importancia?

Ella lo miró desconsolada, lo único que quería era marcharse de allí y no hablar más de lo sucedido. Necesitaba el cariño y el consuelo de sus padres, sin embargo, aquel policía parecía no querer terminar nunca. Estaba muy cansada, tremendamente afligida, desolada... pero sobre todo sin fuerzas por seguir viviendo. Tras unos momentos de abatimiento, reunió fuerzas para recordar lo sucedido en el día de ayer.

—Mi marido se levantó antes que yo para acudir al trabajo, así que no charlamos en ese momento —dijo con el semblante inexpresivo, y tras una breve pausa, continuó—. Durante la comida tampoco recuerdo haber notado nada raro en él, y tuvimos una conversación de lo más normal. —Cogió el vaso de agua y bebió un poco. Ahora parecía más nerviosa, y comenzó a tocarse el pelo y la cara de una manera compulsiva.

Tomás Peña se percató de ello y dedujo que ocultaba algo, pero no quiso hacer ningún comentario y esperó a que continuara. Se peinó el bigote con los dedos y la miró fijamente. La imaginó con una barra de hierro golpeando a su marido hasta matarlo.

«Parece fuerte físicamente, capaz de asesinarlo a golpes», pensó, sin perder detalle de cada uno de sus gestos. Llegó a la conclusión de que ella meditaba lo que a continuación diría.

—Después se marchó a trabajar, y a su regreso por la noche, tampoco recuerdo nada anormal.

Tomás Peña frunció el ceño y pasó unas cuantas páginas en su libreta buscando unos apuntes.

—¿Está segura de que no ocurrió nada anormal aquella noche, a eso de las diez? —preguntó con voz amenazante—. Porque tengo constancia de que discutieron airadamente.

Rita Torrents palideció, no tardando en derrumbarse nuevamente. Su cuerpo volvió a temblar y rompió a llorar, tapándose la cara con el almohadón que hasta ese momento le había servido para reposar la cabeza.

Tomás Peña no sentía lástima por ella, después de asesinar a su marido a sangre fría. Todavía le quedaba la duda de si fue ella quien lo hizo con sus propias manos o tal vez fuera una tercera persona. Lo que parecía evidente es que pronto lo averiguaría. En el momento en que iba a presionarla para que hablara...

—Yo le quería muchísimo —dijo ella entre sollozos—. Perdí los nervios en aquella discusión y... —los sollozos comenzaron a ser tan fuertes que no podía articular palabra, y sintió cómo se ahogaba, cómo le faltaba el aire.

El inspector Peña suspendió la grabación y salió de la habitación apresuradamente, maldiciendo su poca fortuna, en busca del médico policial que la había atendido desde la primera crisis nerviosa. «Ahora que iba a declarar su crimen o culpabilidad, sufre otro ataque nervioso, ¡joder!», pensó malhumorado.

El médico entró y le administró un calmante. Acto seguido le colocó la mascarilla de oxígeno e intentó recuperar sus constantes vitales.

Rita Torrents perdió la consciencia durante unos segundos, pero gracias a la intervención del médico, volvió a la consciencia inmediatamente y poco a poco comenzó a serenarse, reviviendo toda aquella discusión.

 

 

En la pasada noche, estaba sentada en el sofá del salón intentando distraerse hojeando una revista de moda. Esperaba ansiosa la llegada de su marido, que no tardaría en terminar su jornada laboral. Éste trabajaba como agente de seguros desde hacía unos dos años y medio.

Rita estaba en el paro desde poco antes de casarse y le resultaba imposible encontrar trabajo. Cada día estaba más preocupada por ello, y comenzaba a angustiarse. La situación económica empezaba a ser delicada, el préstamo por la vivienda y el coche superaban en cuantía los ingresos de su marido.

De pronto oyó cerrarse la puerta principal y seguidamente la voz de su marido anunciando su llegada. Víctor López entró en el salón sonriente, aunque enseguida su expresión cambió al ver a su mujer con una palidez extrema.

—No hay manera de que encuentre trabajo, Víctor. Esto se nos escapa de las manos —dijo con signos evidentes de desesperación.

Él resopló, comenzando a hartarse del mismo discurso todos los días durante las dos últimas semanas. Él intentaba no darle vueltas a este asunto para no preocuparse en exceso, pero ella se encargaba de recordárselo continuamente.

—No te preocupes, cariño, todo se arreglará. Ya lo verás. Tarde o temprano encontrarás trabajo —intentó tranquilizarla.

Rita conocía el estado crítico que atravesaba el país, las cifras del paro iban en aumento sin remisión y cada vez era más complicado conseguir trabajo. En la cartilla de ahorros apenas tenían para comer y ya habían tenido que pedir ayuda a los padres de ambos. Necesitaban vender el coche urgentemente, de hecho lo habían anunciado por internet y puesto carteles por medio Madrid, pero nadie se había interesado por ahora.

«¿Quién va a querer comprar un coche tan caro hoy en día? Con la crisis económica que azota el país...»

La situación se tornaba drástica, pero su marido parecía obviar la realidad.

 

 

Todo comenzó dos meses antes del día más feliz de su vida: su boda. Ella trabajaba como dependienta en un centro comercial, hacía ya ocho meses. Comunicó a su jefe la fecha de la boda y la posterior luna de miel. Rita estaba preocupada por si perdía su trabajo por este motivo, pero su jefe no opuso inconveniente alguno. Víctor López aprovechó la ocasión que brindaba el trabajo estable tanto de él como el de su futura mujer y la convenció para comprar un piso en el mismo centro de la ciudad. Rita no estaba conforme, ella quería un piso a las afueras de Madrid, mucho más barato. No le gustaba la idea de pagar una hipoteca tan elevada, pero su marido estaba ilusionado con la posibilidad de vivir en el centro. Al final accedió no muy convencida, en favor de hacer feliz a su marido.

Días más tarde, Víctor López le comentó la posibilidad de comprar un coche caro y distinguido. A Rita Torrents no le hizo ninguna gracia. Necesitaban un coche, pero uno que fuera asequible económicamente, y discutieron sobre el tema durante días. Él preparó las cuentas bien estructuradas de lo que supondría el pago del coche sumado a la hipoteca del piso. Visto de aquella manera, los pagos mensuales eran asequibles, pero siempre desde el punto de vista laboral en el que se encontraban actualmente los dos. Para ella era una locura gastarse en un coche 57000 euros, y más teniendo en cuenta la hipoteca tan cuantiosa que en breve comenzarían a pagar. Después de un continuo tira y afloja entre ambos, Víctor López volvió a salirse con la suya. Compraron un BMW serie cinco con todo tipo de extras.

Un revés inesperado se produjo dos semanas antes del enlace matrimonial, al ser despedida del trabajo. Para Rita fue un golpe muy duro. Después de haberle asegurado su jefe la continuidad en la empresa, ahora se encontraba sin trabajo. No sirvieron de nada las súplicas ni la exigencia por cumplir con su palabra.

 

 

Rita Torrents se levantó del sofá enfurecida, no soportando más ese pasotismo de su marido, y estalló.

—¡No te das cuenta de que nos vamos a quedar en la calle porque no podemos pagar el piso! ¡Ese puto coche no hay forma de venderlo!

Víctor López intentó tranquilizarla estrechándola contra él, pero no lo consiguió, al separarse ella bruscamente.

—¡La culpa la tienes tú, que te empeñaste en comprar este piso tan céntrico... y tan caro! ¡Esta mierda de piso que nos ha costado una millonada! —gritaba alocada mientras movía los brazos aireadamente—. ¡Y qué decir del coche...! —Levantó ambas manos al alto, clamando al cielo—. ¡Ese puto coche de mierda que te empeñaste en comprar, como si fuéramos ricos!

 

 

No quiso rememorar lo que sucedió a continuación, a causa de ello había sufrido un ataque de ansiedad anteriormente. Volvió a la realidad que ahora la torturaba psíquicamente. Al abrir los ojos vio al médico hablando en susurros con el policía que la había interrogado. No soportaba seguir por más tiempo allí, quería marcharse, escapar a un lugar donde nadie la molestara. Los remordimientos la atormentaban, y ya no podía volver atrás y cambiar lo sucedido aquella noche. «Yo te quería más que a nada en el mundo, cariño. Perdóname, Víctor», dijo en su fuero interno, mirando al techo de la habitación.

El inspector de Policía Tomás Peña se percató del mejor semblante de la sospechosa, abandonando esa palidez que había envuelto su rostro, lo que corroboró el médico al tomarle las constantes vitales. Todavía maldecía su poca fortuna, teniendo el convencimiento de que Rita hubiera declarado anteriormente su culpabilidad. Ahora, sin embargo, la encontraba serena, y tal vez ya no confesaría su crimen. Por otro lado, ya no tenía ninguna duda de su culpabilidad, y sabía que no estaba fingiendo sus emociones. «Realmente está destrozada, pero por el arrepentimiento de haberle matado.»

—Rita, sé que esto es muy duro para usted, y que no querrá hablar más del tema, pero me gustaría continuar donde lo habíamos dejado. —Tomás estaba impaciente, pretendiendo llevarla nuevamente al punto álgido de su confesión.

Inició nuevamente la grabación.

—No tengo nada más que contar —susurró de forma cortante, exhausta.

Tomás Peña tuvo que controlar sus emociones para no estrangularla con sus propias manos. «Hija de puta, ahora quieres ocultarlo todo», se dijo enrabietado.

—Antes estaba contándome la discusión con su marido; querría que me explicara cómo acabó. —Su mirada se tornó desafiante y amenazadora.

—No creo que tenga ninguna trascendencia. —Tosió levemente, sin fuerzas. Se limpió los labios con un pañuelo y continuó—. Discutimos, discutimos acaloradamente, y le dije cosas que jamás me perdonaré. —Las muestras de aflicción reaparecieron en su rostro—. Le insulté gravemente... y nunca podré disculparme. ¿Entiende? Lo último que oyó salir de mis labios no fue un «te quiero», sino unos insultos que ni al mayor enemigo diría. —Miró fijamente al inspector en busca de comprensión y compasión. Sin embargo, encontró precisamente todo lo contrario.

—¡Y entonces lo mató!, ¿verdad? ¡No sabía lo que hacía, perdió el control de sus actos y le golpeó varias veces! ¿Es eso lo que ocurrió? —gritó sumido en una cólera que asustó incluso al médico, que todavía se encontraba en la habitación.

Rita Torrents comenzó a maldecir, e histérica y chillando, obligó al inspector de Policía a abandonar la habitación, lo que le provocó una nueva caída de tensión que la sumergió en la inconsciencia.

Los padres de Rita Torrents, junto con el guardia civil que vigilaba la puerta, irrumpieron en la habitación al escuchar los gritos. Los padres de ella habían escuchado con perfecta claridad la terrible acusación a su hija por parte del inspector.

El padre de Rita Torrents estaba enfurecido, y se encaró con Tomás Peña.

—¡Pero qué derecho tiene usted a acusar a mi hija del asesinato de su marido! ¡No tiene ni idea de lo que dice! —dijo procurando controlar su enojo.

Tomás Peña pareció recobrar la cordura e intentó excusarse.

—Sé que me he excedido, pero comprenda que hacía mi trabajo. Todas las pruebas que tenemos inculpan a su hija, y quería presionarla en busca de respuestas.

El padre de Rita Torrents miró a su hija y comprobó cómo una vez más se encontraba inconsciente, lo que le hizo perder definitivamente los nervios.

—¿Y éste es su trabajo? —vociferó mientras señalaba a su hija—. ¡Maldito hijo de puta, mira lo que ha conseguido! ¡Le denunciaré, no merece ser policía! ¡Juro por…

El inspector, que era un hombre de mucho carácter, no tardó en interrumpirle.

—¡A mí nadie me llama hijo de puta, y menos un cabronazo insignificante como tú! ¡Tu hija es la verdadera asesina, y no descansaré hasta reunir las pruebas que la inculpen! —gritó poseído por una furia sobrenatural.

Todos los agentes que todavía se encontraban en el domicilio acudieron a presenciar tan dantesca escena, en la cual tuvieron que mediar, al agarrarse y zarandearse mutuamente los dos implicados en el enfrentamiento verbal, que sin la intervención de los agentes, hubieran terminado ambos a puñetazos.

 

 

Comisaría General de Policía Científica

 

El inspector jefe de Policía Ángel Prado salió del coche fumando un cigarrillo, ya había anochecido y las pocas farolas instaladas en el aparcamiento privado de la Comisaría General de Policía Científica de Madrid dejaban una inquietante exigua luz. Le prometieron que la autopsia estaría realizada antes de las siete de la tarde, siendo exactamente esa hora. Su equipo seguía sin encontrar el arma homicida, y necesitaba un poco de luz que le ayudara a descubrir al asesino. De momento la única sospechosa era Rita Torrents, todos los indicios la incriminaban.

Entró en la comisaría y avanzó por los pasillos a grandes zancadas. Al llegar frente a la puerta de la sala de autopsias, llamó dando unos golpes con los nudillos. En unos pocos segundos, el patólogo Alberto Griseras abrió la puerta.

—Buenas tardes, inspector jefe. Puntual como un reloj —dijo Alberto mirando su reloj de pulsera—. Alguien se ensañó con este pobre chico —añadió mientras se dirigían hacia la mesa de autopsias.

—Eso parece. Qué tienes para mí —preguntó impaciente.

Ambos se colocaron al lado de la mesa de autopsias de acero donde se encontraba el cadáver de Víctor López. Alberto Griseras cogió una especie de pequeña linterna muy delgada y alargada y comenzó a exponer los resultados de la autopsia.

—Empezaremos por la cabeza, que recibió dos golpes. Uno de ellos en la parte izquierda de la frente —señaló con la linterna—, lo que provocó una brecha superficial. En la parte posterior, sin embargo, tiene una brecha descomunal, que provocó una fractura en el cráneo, exactamente en el centro del hueso parietal, lo que causó la muerte en el acto. Falleció a eso de las tres de la madrugada. Por los daños sufridos, el objeto que utilizó el asesino es contundente, metálico y de forma cilíndrica, de unos dos centímetros de diámetro.

El inspector jefe Ángel Prado seguía muy atento las explicaciones de Alberto Griseras.

—Una fisura en el cráneo... —quedó pensativo durante unos instantes—. Quien lo hizo ¿debía ser muy fuerte, o no necesariamente?

—Sí, para fracturar el hueso parietal de un solo golpe, aunque el objeto agresor fuera muy contundente, está claro que el asesino tiene que poseer una fortaleza privilegiada —dijo el patólogo mientras asentía.

«O sea, que Rita Torrents no lo asesinó. Una duda menos. Ahora la posibilidad de que tenga un cómplice toma fuerza», pensó el inspector jefe.

—Qué más tenemos.

El patólogo Alberto Griseras dio dos pasos laterales y comenzó a señalar con su linterna extrafina las partes del cuerpo del cadáver que iba mencionando:

—Ha recibido golpes por toda la extensión del tronco, tanto en la parte anterior como en la posterior. A consecuencia de ello, tiene varios órganos dañados. Pulmón izquierdo, riñón derecho, hígado, estómago... casi no ha dejado órganos sanos. Tres costillas pulmonares y dos vértebras torácicas se unen a la lista de fracturas.

—Dios santo... sí que le tenía ganas... —dijo sorprendido el inspector jefe—. Es como si lo hubieran metido en una trituradora.

—Por suerte para él no se enteró de nada —le contestó mirándolo a los ojos—. En el brazo izquierdo también recibió un golpe. A excepción de sus miembros inferiores, lo machacaron a patadas. —Miró al inspector con una leve sonrisa de complicidad.

—¿A patadas? —preguntó extrañado.

—Sí. El culpable de todos los daños sufridos en el cuerpo son unos zapatos o botas. Al principio creí que utilizó algún garrote o algo similar de madera, pero examinando mejor las heridas, enseguida llegué a esa conclusión. Estoy totalmente seguro, por la manera en que dañó los órganos, por la forma de las heridas y por las marcas encontradas en la piel, que sólo puede hacerlo una puntera de un calzado de material duro.

El inspector jefe Ángel Prado se quedó por un momento sumido en sus pensamientos, después comenzó a mirar al patólogo y al cadáver simultáneamente. Su cara de incomprensión llamó la atención de Alberto Griseras.

—¿Hay algo que no cuadra en este caso, inspector? —preguntó intrigado.

—Voy a proponerte algo, y quiero que te concentres en lo que voy a decirte.

Alberto Griseras asintió expectante.

—Vamos a suponer por un momento que tú eres el asesino.

—Uff, esto se pone interesante... —dijo el patólogo mientras se frotaba las manos enérgicamente.

—Llegas a su habitación y lo encuentras durmiendo en su cama. Lo matas tras golpearle en la cabeza con una barra de hierro. Después... ¿te subes a la cama y comienzas a darle patadas?

Ambos se quedaron pensativos, mientras el inspector jefe esperó a que respondiera Alberto. Éste se cruzó de brazos y enarcó las cejas, incrédulo. Acto seguido se masajeó la barbilla; unos segundos más tarde decidió opinar.

—Si me han informado bien, es imposible que ocurriera eso. Por los informes que recibí, encontraron el cadáver tumbado boca arriba. —Buscó en el inspector la corroboración de ello, lo que consiguió con el rotundo asentimiento por parte de éste—. En ese caso nunca podría haberle propinado patadas con la puntera, ni estando de pie encima de la cama, ni estando al pie de la misma, simplemente por la imposibilidad de la postura que hubiera tenido que adoptar para hacerlo, sobre todo si tenemos en cuenta la fuerza que aplicó en propinarle esas patadas —terminó diciendo muy convencido el patólogo Alberto Griseras, que todavía prosiguió—. Además hubieran encontrado huellas en la sábana del calzado del asesino si éste se hubiera subido a la cama. Sin olvidarnos de la presencia de su mujer en esa misma cama…

Ambos siguieron mirándose unos breves segundos en silencio, tras lo cual sus miradas se dirigieron al cadáver, como si esperaran una aclaración por parte del chico asesinado.

 

 

 

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