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Capítulo 1

 

 

 

Abril de 1367

Narbona, al sur de Francia

 

Todo había sucedido en un suspiro. De la paz y la tranquilidad en la que estaba instalado en su vivienda un instante antes, a verse ahora maniatado y aterrorizado por aquellos hombres encapuchados.

No hacía ni una hora que Diégue Cabart se había quedado solo en su opulenta vivienda. Desde hacía unos meses, siempre que anochecía daba por terminado el trabajo y mandaba a sus casas a todos sus subordinados, incluso al mayordomo y los esclavos. Quería estar solo, aspirar los recuerdos que vagaban por la casa. Los recuerdos de una mujer perdida, una mujer que lo fue todo para él, una suerte de amor eterno: su esposa, que falleció unos meses atrás. Sabía que se reuniría con ella en el más allá, cuando a él le llegara la hora de abandonar su cuerpo terrenal. Entonces volverían a fusionarse como una sola alma, y serían felices para toda la eternidad. Pero todavía le quedaban años para reencontrarse. O no.

Diégue se encontraba tranquilamente sentado al lado de la chimenea cuando surgieron de la nada, por la espalda. Dos fornidos hombres lo agarraron sin contemplaciones, lo levantaron del asiento y lo colocaron frente a un hombre bajito. No podía verles la cara, tan embozados como iban y debido a las sombras que allí reinaban, exiguamente alumbrados por las llamas de la chimenea y por un par de velas en una mesa cercana.

Su mente comenzó a procesar lo que ocurría, una vez que el pavor le dejó pensar. Intentó liberarse, pero todas sus intentonas fueron infructuosas. Eran mucho más fuertes que él. Tragó saliva al observar que en total eran cinco personas las que le rodeaban, y él estaba solo amparado en la falsa seguridad de su casa. Maldijo haber decidido vivir solo una vez que su esposa murió. Con sus esclavos en la casa todo habría sido distinto, o al menos habría podido hacer frente a esta situación. Ahora estaba en manos de Dios. O mejor dicho, del diablo.

—No temas por tu vida —habló por fin el hombre bajito, que parecía llevar la voz cantante. Dejó pasar unos segundos—. Si me dices lo que quiero saber, nos marcharemos tal y como hemos venido.

Diégue lo miró a los ojos, que era lo único que las ropas no ocultaban. No podría decir de qué color eran, pero sí podía ver en ellos la determinación y la maldad.

—¿Qué es lo que quiere? ¿Dinero? —preguntó con un hilo de voz.

—No, no se trata de dinero —contestó pausadamente. La voz estaba distorsionada por el embozo y parecía venir del inframundo—. Quiero saber el lugar donde escondéis vuestro tesoro.

El estómago de Diégue dio un vuelco. El temor que había sentido al ver peligrar su vida dio paso al terror puro y duro. Se quedó sin habla, ni siquiera podía pensar. Estaba bloqueado, sin capacidad de reacción.

—Dinos dónde se encuentra, y te dejaremos vivir —insistió.

Diégue lo miró con horror. No puede ser cierto, esto no puede estar pasando, se dijo incrédulo. Intentó calmarse un poco y pensar. Tal vez se tratara de otra clase de tesoro. Tenía que ganar tiempo y, sobre todo, despistarles.

—¿Tesoro? Si se refieren a las joyas y todo lo que poseo de valor, pueden llevárselo. Absolutamente todo —dijo con falsa calma.

El jefe de los encapuchados endureció su mirada y tardó en responder.

—No juegues conmigo. Te lo advierto. —Su voz se endureció—. He visto el temor en tus ojos al mencionar el tesoro. Sabes perfectamente a qué me refiero. Por tu bien, y por última vez, te pregunto: ¿Dónde se encuentra el tesoro de los cátaros?

—Yo no sé nada del tesoro de los cátaros. ¡Ni siquiera soy cátaro! —se defendió cada vez más acorralado—. ¡Soy un cristiano devoto! Os confundís... ¡os confundís de hombre! —Comenzó a jadear y a negar con la cabeza—. No sé a qué se refiere. Yo…

En ese momento un puñetazo en el estómago cortó sus excusas.

—Amordazadlo —oyó que ordenaban.

Acto seguido, fueron enrollando todo su cuerpo con una cuerda gruesa y rasposa, dejando los brazos pegados al cuerpo y continuando por las piernas. Antes de darse cuenta, ya estaba maniatado desde los hombros hasta los tobillos. Lo llevaron en volandas hasta la mesa que había en aquella estancia y lo tumbaron sobre ella. Comenzó a gritar despavorido, pidiendo ayuda, por si alguien en los alrededores podía escucharle. Una mano poderosa le tapó la boca. Pero no era por su vida por lo que temía.

—Quitarle los zapatos —ordenó el hombre bajito mascando su odio. No podía permitirse fallar otra vez. Acababan de torturar infructuosamente al líder de la sociedad cátara. Se había mostrado impenetrable a sus deseos, y no había conseguido información alguna sobre la ubicación del tesoro. Cuando elevaron el grado de las torturas con el fin de lograr la ansiada revelación, su cuerpo no pudo aguantar más, dada su vejez, y murió, dejándolo en la miseria. Ahora tenía una nueva oportunidad, y no pensaba desaprovecharla. Estaba ante el segundo hombre más importante de los cátaros en esta región.

Uno de los encapuchados, que se había mantenido al margen, ante un gesto del hombre bajito, sacó un afiladísimo cuchillo. Se puso en cuclillas al lado de la mesa y agarró un pie desnudo de Diégue. Con maestría, dada su experiencia en las artes de la tortura, comenzó a desollarle la planta del pie, en tiras pequeñas.

Diégue aulló enloquecido, víctima de un dolor insoportable. A pesar de tener la boca tapada por una mano callosa, el grito fue ensordecedor.

—Dime dónde se encuentra vuestro tesoro, y todo habrá acabado —escuchó en la lejanía. Todo su entorno había cambiado, era como si estuviera a miles de kilómetros, pero pudiendo observar lo que allí acontecía. Pero su mente se concentraba en algo mucho más importante. No podía revelar el secreto, era uno de los guardianes del cáliz de Cristo, conservado por sus antepasados desde hacía más de mil años. No podía fallarles, él no. Debía mantenerse firme, y soportar el dolor.

Ante su mutismo, ordenó al verdugo que continuara. Este, impávido, desolló otra tira de la planta del pie. Un nuevo aullido reverberó en la estancia caldeada por la imponente chimenea. Cuando terminó de desollar la planta del pie completo, esperó instrucciones.

El jefe de los encapuchados se acercó al rostro deformado por el dolor de Diégue.

—Dime dónde está escondido el Santo Grial, o te torturaré durante toda la noche —amenazó escupiendo cada palabra.

Diégue no podía soportarlo más, pero la idea de ser el traidor era más fuerte que el dolor. Debía aguantar, Dios le ayudaría. Cerró los ojos con fuerza y comenzó a rezar.

Cuando el verdugo terminó de desollarle por completo la planta del otro pie, el hombre bajito se agachó para poder susurrarle al oído.

—Esto no ha hecho más que empezar. Apenas llevaremos media hora infringiéndote dolor. Hasta el amanecer quedan más de diez horas. Y cada vez el tormento será peor. Dime lo que quiero saber, y todo habrá acabado.

Aquellas palabras sonaban tan bien. Lo cierto era que ya hacía tiempo que no podía soportar más dolor. Era terrible. Para él había pasado una eternidad, y ese hombre encapuchado venido del inframundo le aseguraba que solamente había transcurrido media hora. Dios, perdóname, se dijo entre sollozos, incapaz de aguantar ni un segundo más.

El jefe de los encapuchados escuchó con satisfacción el lugar donde estaba escondido el Santo Grial, el tesoro de los cátaros. Una nueva dimensión se abría ante él. Con el cáliz de Cristo en su poder, podría conseguir lo que se propusiera. Todo sería cuestión de manejar los hilos con inteligencia. Su mente vagó por múltiples posibilidades, a cual mejor, pero no debía entretenerse ahora en fantasías. Debían salir de allí cuanto antes.

—Terminad el trabajo —ordenó a dos de ellos. Él, por su parte, se marchó escoltado por los otros tres hombres. Mañana sería un gran día. Mañana tendría el Santo Grial en su poder.

 

 

Capítulo 2

 

 

 

En cuanto atravesó los muros de la ciudad, Laurent Rollant avivó el paso hasta casi ir a la carrera. Era tarde. Incluso estuvo a punto de no poder entrar en la ciudad al haber anochecido hacía más de dos horas. El último tramo del viaje lo habían hecho en la oscuridad, intentando no romperse la crisma al tropezar con una de las múltiples piedras del camino. Por suerte había luna llena y suavizaba un tanto los peligros del camino.

Serían alrededor de las nueve de la noche. Maldijo para sus adentros. Era la desventaja de viajar en grupo, junto con jornaleros y mercaderes, pero viajar solo era un suicidio, tentar a la suerte. Los malhechores se escondían tras los árboles al borde de cualquier camino; estaban en todas partes. El viaje, ya de por sí complicado para hacerlo en un solo día, había tenido imprevistos, como solía pasar cuando la premura era fundamental. Dio gracias por haber salido cuando el sol comenzaba a intuirse tras las montañas. Ese madrugón le daba la posibilidad de presentarse en casa del mercader, y no esperar al día siguiente. Eso le habría retrasado demasiado, ya que esperaba salir de vuelta a casa al amanecer. Así que, aunque le molestara enormemente presentarse a esas horas en casa del mercader, no tenía otra opción.

Intentó convencerse de que se alegraría de verle. No es que se conocieran demasiado, pero sí lo suficiente. Llevaban varios años haciendo tratos importantes para ambas partes, y aunque se vieran una vez al año, dos como mucho, se llevaban bastante bien, surgiendo una leal amistad. Sí, se alegraría de verle. Y más que lo haría al comprobar la magnitud del encargo. Tenía un enorme pedido que satisfacer, y necesitaba una cantidad ingente de cuero y pieles. Su negocio iba viento en popa, como nunca antes. Si su padre viviera, se sentiría orgulloso de él. La curtiduría donde nació no tenía nada que ver con la que había logrado conseguir. Había prosperado mucho, y parecía no tener fin este progreso. Cada vez eran más los pedidos, más grandes los encargos. Esto le hacía soñar despierto, soñar con llegar a hacer una fortuna, con poder dedicarse única y exclusivamente a llevar el negocio sin tener que mancharse las manos. Estaba convencido de que ese día llegaría. Sus ojos resplandecieron de ilusión, mientras recorría las calles en dirección a la vivienda de este importante y acaudalado mercader. Tal vez un día pudiera ser como él. Sí, llegaría a serlo, sin ninguna duda. Una sonrisa espontánea brotó sin trabas. Las calles estaban desiertas a esas horas, así que nadie podría tratarlo de loco por reírse solo.

Avivó todavía más el paso, ya quedaba poco para llegar a su destino. Sintió una leve opresión en el pecho y suspiró resignado. Tal vez molestara al mercader por presentarse tan tarde. Casi estaba convencido de ello, pero intentaba pensar lo contrario para encontrar las fuerzas suficientes como para presentarse a unas horas tan intempestivas. Sobre todo rezó para que no estuviera acostado, porque entonces no dudaba que le daría un puñetazo en la cara. Esta broma tuvo un efecto balsámico, justo en el momento apropiado, al ver la casa del mercader a unos pocos pasos.

Laurent Rollant ralentizó su endemoniado caminar, con el corazón desbocado ante la idea de llamar a la puerta. ¿Qué cara le pondría? Suspiró profundamente y miró a ambos lados de la calle, totalmente desierta y envuelta en una penumbra fantasmagórica. Se armó de valor y dio los últimos pasos hasta plantarse frente a la puerta. Alzó la mano para golpearla, pero se detuvo en el último instante. La puerta no estaba totalmente cerrada. Una minúscula abertura así lo confirmaba. Arrugó el entrecejo, extrañado. Tal vez había salido un momento de la casa y había dejado la puerta entornada. Era una posibilidad. Volvió a mirar a su alrededor. No se veía ni un alma, y el silencio era inquietante. Llamó a la puerta dos veces, tímidamente. La puerta se abrió un poco. Laurent tragó saliva. ¿Habría ocurrido algo? Los nervios se pusieron a flor de piel. Llamó dos veces más, esta vez con decisión, ayudando a espantar su creciente miedo, y la puerta se desplazó un tramo más. Esperó unos interminables segundos. Nadie salía a recibirle. Tampoco se oía nada en el interior de la vivienda. Miró por enésima vez a su alrededor, y entró decidido. Tal vez el mercader necesitara su ayuda. Avanzó con paso firme y preparado por si era atacado por algún ladrón, pero se dio cuenta que necesitaba algo contundente para defenderse en tal caso. Mientras encontraba algo útil, se quitó la bolsa de cuero de su espalda y la puso como escudo para prevenir un mal encuentro. Cuando llegó a la cocina cogió un cuchillo, y ya, más tranquilo, fue en busca del mercader. Lo llamó a voz en grito, cada vez más seguro de que algo le había ocurrido. Poco tardó en dar con él. Nunca había estado en esa sala, de hecho, sólo había estado en una estancia, en la que despachaba a los clientes, pero cuando la examinó estuvo a punto de desmayarse. Un par de velas malamente alumbraban la estancia, siendo el fuego de la chimenea lo que más contribuía a que pudiera ver la imagen más horrible que había visto jamás. Colgado del techo por los pies, estaba Diégue Cabart, el importante y acaudalado mercader, desangrado como un cerdo, dado el gran charco de sangre que había en el suelo. Le habían degollado, y la cara estaba cubierta de sangre, con los ojos muy abiertos en un rictus de espanto. El pelo, tanto de la cabeza como de la barba, todavía goteaba sangre. En el torso desnudo, le habían dibujado una cruz, posiblemente con su propia sangre.

Laurent se quedó petrificado, mientras la bilis pugnaba por salir. No podía asegurar que fuera el mercader; era difícil saberlo, al estar bocabajo, con el rostro deformado por el horror y cubierto de sangre, pero ¿quién podía ser si no? Además no podía pensar con claridad, estaba bloqueado, la imagen era dantesca. Las arcadas le hicieron reaccionar, y salió de la casa espantado, con la mente en blanco. Era incapaz de pensar. Tan sólo quería salir corriendo y no detenerse hasta llegar a su casa al amparo de su familia. Al salir a la fresca noche, pudo calmar las arcadas, aunque tuvo que detenerse a recobrar el aliento, entre toses profundas.

—Por Dios bendito, ¡quién ha podido hacer algo así! —susurró despavorido, boqueando con avidez tratando de serenar un poco su perturbado ser. Se enderezó y se pasó la mano por la cara, respirando agitadamente todavía. No podía creer lo que había visto. En ese momento creyó oír voces, voces cercanas. Giró su cabeza y vio a un grupo de hombres corriendo en su dirección, mientras estos parecían gritarle algo. Laurent todavía se encontraba en estado de shock, y no escuchaba con claridad, ni tampoco podía pensar con lucidez.

—¡Alto ahí! ¡Tire el cuchillo! —logró oír en esta ocasión, cuando estaban a unos pocos pasos de distancia. Laurent, en un acto reflejo, se miró la mano derecha, donde todavía asía el cuchillo. Alzó la mirada ante los hombres que se detuvieron ante él. Eran cuatro, y tres de ellos mantenían alzadas sus espadas a la vez que lo rodeaban. Las palabras se le agolpaban en la mente, pero su boca se mostraba reacia a decir algo.

Dos de ellos le agarraron y le desarmaron con facilidad.

—Soy el preboste. ¿Quién es vos y qué hace aquí con un cuchillo en la mano? —preguntó amenazadoramente.

—Soy… soy Laurent… Laurent Rollant, de Carcasona —balbuceó. Señaló pausadamente hacia la casa del mercader—. Lo han asesinado —dijo con expresión ausente, todavía perturbado por lo que había visto.

El preboste miró al único hombre que no iba armado, un vecino que había ido en su busca al escuchar gritos dentro de la casa del mercader.

—Te dije que había oído gritos —aseguró categórico al preboste. Éste ordenó a uno de sus soldados que se adentrara en la casa, mientras taladraba con la mirada a Laurent. Aquel malnacido había asesinado a uno de los hombres más importantes de Narbona.

 

 

 

 

 

Capítulo 3

 

 

 

Tras las obligadas y educadas presentaciones, el enviado especial del rey de Francia exponía el motivo que le había llevado hasta allí. Hablaba con altivez, acostumbrado a mirar por encima del hombro al mundo entero. En su tono de voz podía distinguirse una cierta exigencia. Bien era cierto que hablaba en nombre del mismísimo rey, pero aún así tenía que tener presente ante quién estaba.

Raimond Guibert asistía a aquella entrevista, siendo un privilegiado espectador. Como jefe militar del papa Urbano V, debía estar presente en todas sus auditorías, ejerciendo de guardaespaldas del sumo pontífice. Nunca perdía detalle de cuantas conversaciones se desarrollaran en aquella enorme sala. Para un jefe militar papal era normal departir a posteriori con el papa todas y cada una de las cuestiones que en el auditorio se trataran. Y en este caso, más si cabe. El sumo pontífice le respetaba enormemente.

Raimond Guibert ya llevaba casi cuatro años a las órdenes del papa Urbano V. Cuando recibió la propuesta, no lo dudó. Por aquel entonces, con veintiséis años de edad, siendo un soldado que servía a la Iglesia, estaba ya cansado de luchar por la cristiandad asesinando herejes en nombre de Dios. Muy lejos quedaban los diecinueve años, en los que lleno de ilusión y acérrimo creyente en Dios, se alistó por primera vez como mercenario para la extinción total del paganismo en el noreste de Europa, campaña emprendida por la orden militar llamada Orden de los Caballeros Teutones, creada a semejanza de los desaparecidos Caballeros Templarios. Así transcurrieron siete largos años. Ya no quedaba nada del sueño que siempre había añorado desde su niñez: convertirse en caballero y luchar contra la herejía. Esta vida que tanto había anhelado de niño le había enseñado lo peor del ser humano. Muertes y más muertes en nombre de Dios. Así que para él fue una liberación aquella propuesta, sobre todo porque venía de parte de un papa que, por lo que contaban de él, podía agradarle. Nada que ver con anteriores pontífices más preocupados por satisfacer sus vanidades que por seguir el ejemplo de Cristo. Por lo que sabía, Urbano V tenía un buen corazón.

Tras casi cuatro años a sus órdenes, podía afirmarlo. En ese tiempo, el papa había organizado la corte pontificia de manera que fuese modelo de vida cristiana, cortando de raíz no pocos abusos. Trató de dar los cargos eclesiásticos a personas dignas. Expulsó del Palacio Papal a todas las personas ociosas, reduciendo así notablemente la ingente burocracia pontificia. Urbano V mantenía con firmeza sus propósitos en todo lo que consideraba justo. Desde sus primeras actuaciones fue considerado por todos como el verdadero Pastor de la cristiandad.Y no sólo eso: junto a la reforma de costumbres le preocupaba también la elevación del nivel cultural del pueblo. En los albores del humanismo, Urbano V no escatimaba medios para promover las ciencias y crear nuevos centros de estudios. A ruegos del rey de Polonia erigió la Universidad de Cracovia, autorizándola para enseñar todas las ciencias, a excepción de la teología. En la Universidad de Montpellier fundó un colegio de médicos, dotando con sus propias rentas a doce estudiantes y sufragando los gastos de otros innumerables alumnos en diversos colegios. Para la cristiandad, era una bendición contar con un verdadero sucesor de San Pedro.

 —Como ya expliqué en la misiva que envié a su señor el rey de Francia —habló el papa con voz serena y dulce— estoy decidido a regresar a Roma. La cristiandad necesita fijar la sede pontificia en la Ciudad Eterna, algo que por desgracia se perdiera hace ya demasiado tiempo, allá por 1309, cuando el papa Clemente V la fijó aquí, en Aviñón.

—¡Pero no debéis abandonar Francia! —replicó Esteve Moreau, indignado. Su poderosa voz reverberó como un estallido en la enorme y silenciosa estancia. Raimond entrecerró los ojos y miró con creciente ira al enviado especial del rey—. El Palacio Papal deber seguir aquí —continuó más comedido—. Hay que pensar en el futuro de Francia. Que la sede papal se encuentre aquí, no sólo da prestigio, sino también riquezas, que indirectamente proporcionan bienestar a todos los cristianos de estas tierras, erradicando la pobreza. Hay que pensar en esas gentes que se morirían de hambre si vos decidierais abandonar el Palacio.

Raimond Guibert se removió en su asiento, asqueado de escuchar tan viles artimañas. Su Santo Padre no caería en la trampa, o eso esperaba. Las riquezas de las que hablaba sólo caían en los sacos de los ricos y poderosos. A las gentes humildes no llegaban ni las migajas de sus derroches. Miró al papa para ver su reacción. Lo conocía demasiado bien como para asegurar que esas patrañas no habían hecho efecto. Volvió a acomodarse más tranquilo y su espada golpeó contra el reposabrazos de la silla. Todavía no se había acostumbrado a tener que sentarse con la espada al cinto, dada la incomodidad, pero así debía ser. Era el protocolo. Estaba sentado en el lateral del auditorio, con la espalda pegada a la pared, a unos ocho metros del trono papal, el cual se elevaba sobre unas gradas de tres escalones, franqueado por dos miembros de la guardia papal. A su derecha estaban sentados los hombres de confianza del papa. A su izquierda, de pie, estaba su mejor amigo: Etienne Martine, soldado a sus órdenes. Frente al Santo Padre, tres escalones por debajo y a una distancia de unos tres metros, se colocaba el entrevistado, en esta ocasión Esteve Moreau. Su escolta se situaba un metro por detrás de este, todos de pie frente al sumo pontífice.

—No se trata de riquezas, hijo mío —contestó afablemente el papa, inmutable—. San Pedro no fundó la Iglesia para enriquecer al pueblo, ni para mantenerlo. Fundó la Iglesia para llevar la palabra de Dios a todos los rincones de este mundo. Para que todo hombre, independientemente de su condición o lugar, pueda unirse al cristianismo, la verdadera y única religión. —Aquí se detuvo un instante y bajó la cabeza, reflexivo, juntando los dedos de ambas manos. Se ajustó la tiara papal, y clavó su mirada en su interlocutor—. La Santa Sede, si quiere salvar su ecumenismo contra las nacientes herejías y frente al pujante nacionalismo de los Estados europeos que están surgiendo, debe retornar urgentemente a su centro natural e histórico: Roma.

El silencio se apoderó de la sala, mientras el enviado especial rumiaba las palabras del papa. Raimond sonrió satisfecho, sabía que la decisión de regresar a Roma había sido como un latigazo para el rey de Francia y para muchos cardenales franceses. Sin embargo, las demás naciones cristianas estaban a favor de este cambio. Sólo el enriquecimiento personal nublaba la vista a estos presuntuosos.

Esteve Moreau luchaba por controlar su ira, saltaba a la vista. Los gestos le delataban.

—Pero Roma… ¡Roma está muerta! —aseguró categórico—. Sus calles y sus plazas están obstruidas por los escombros. Las iglesias principales, y ¡hasta el mismo palacio de los papas yacen medio derruidos! ¡Es una locura lo que vos pretendéis! bramó apretando los puños. Debéis recapacitar, por el bien del cristianismo amenazó con valentía. 

Raimond Guibert comenzaba a hartarse de ese bravucón sin respeto ni educación alguna. Se removía en su asiento como si estuviera sentado sobre brasas incandescentes. Estaba a punto de estallar, y si no lo había hecho ya era por respeto al papa. Debía aguantar sentado, como un buen vasallo. A sus treinta años había visto, e incluso soportado, toda clase de injusticias, así que ahora no podía abandonarse a su furia, estaba en el interior de los muros del Palacio Papal.

Urbano V suspiró, entrelazó sus manos y bajó la mirada; parecía cansado. El silencio se apoderó de la sala, mientras Esteve Moreau se impacientaba, cambiando de postura sin cesar.

—Roma será reconstruida con la ayuda de Dios. Como ya comuniqué a tu señor el rey Carlos V —anunció el papa sin levantar la cabeza, con voz firme—, todo está preparado para que dentro de aproximadamente un mes zarpe en una galera del puerto de Marsella rumbo a las playas de Italia, con el propósito final de establecerme en el Vaticano.

Esteve Moreau se puso rojo de ira y miró desafiante al papa.

—¡Estáis loco! —vociferó fuera de sí— ¡El rey no permitirá semejante traición al pueblo francés! ¡Será mejor que os retractéis ahora mismo! —gesticulaba presa de una furia incontrolable.

Raimond Guibert se levantó como un resorte, incapaz de contenerse ni un segundo más, y avanzó a grandes zancadas hacia aquel estúpido arrogante.

El papa Urbano V levantó la mano para tranquilizar a su jefe militar y detener su avance. Sabía que cuando su furia estallaba, era incontrolable.

Raimond Guibert vio al papa alzar la mano, y se detuvo a regañadientes, a unos tres o cuatro metros del enviado del rey, que lo miraba incrédulo.

—¡Te aconsejo que muestres un poco de respeto, estás ante el Santo Padre! —rugió Raimond, retándolo con la mirada.

Esteve miró de reojo a su escolta, que no habían movido ni un músculo. Entrecerró los ojos y escrutó a aquel soldado. Por la vestimenta, no pertenecía a la guardia papal. Debía de ser el guardaespaldas del papa. Había oído hablar de él. ¿Y quién no? Se le conocía en toda Francia.

—Y yo te aconsejaría no dirigirte a mí de malos modos —contestó altivo Esteve Moreau—. Soy el enviado del rey.

—El enviado del rey… —masculló Raimond con desprecio—. Eres escoria, ¡escoria del rey! —gritó tan alto que retumbaron los muros del Palacio.

Etienne Martine, la mano derecha de Raimond, soltó una risa cavernosa, apenas audible. Había avanzado dos pasos y tenía la mano derecha sobre el pomo de la espada, preparado por si su gran amigo y jefe militar quería dar una lección a aquel desgraciado.

—¡No tolero que me insultes! ¿Quién te crees que eres? —bramó herido en su orgullo, contrariado por verse humillado públicamente.

—¿Y quién te crees que eres tú? —gritó Raimond avanzando hacia él. En esta ocasión obvió al papa, que le pedía calma—. Te presentas aquí, en la casa de Dios, e insultas, vociferas y amenazas al papa, al representante de Dios en la Tierra. — Se colocó frente a él, a un palmo de distancia, amenazante. Estaba rabioso.

Esteve Moreau, lívido, buscó de reojo la ayuda de su escolta, pero estos seguían tan inmóviles como estatuas. De hecho parecía que ni respiraran. Levantó la mirada ante aquel mercenario, que le sacaba dos palmos de altura. Se sintió minúsculo, sobre todo por su mirada, que le atravesaba como dos puñales. Lo examinó un momento: pelo castaño largo, barba recortada, y unos hombros tan anchos como un buey. Parecía a punto de arrollarle.

El jefe de la escolta del enviado del rey sudaba profusamente. Sabía que si sacaba la espada se produciría una carnicería. Ellos morirían ante la superioridad de la guardia papal. No, él no sería el responsable de aquello. Rezó para que aquel soldado capaz de enfrentarse a un hombre tan poderoso como Esteve Moreau no hiciera una locura, y al final todo quedara en un enfrentamiento verbal. Sabía de quién se trataba. No podía ser otro que el jefe militar del papa. Circulaban muchas leyendas sobre él. De hecho, se le conocía por varios sobrenombres; uno de ellos era “La mano de Dios”. Se había granjeado la fama en el campo de batalla, donde había salido siempre vencedor, en batallas épicas frente a los herejes. Decían que era invencible, que nunca jamás habían visto luchar a nadie con tanta ferocidad ni maestría, que su espada la guiaba el mismísimo Dios. Sabía que seguramente exageraban, pero algo de verdad habría. Él también había sido soldado y había luchado para la Iglesia. Lo miró nuevamente, de momento no hacía mención de llevar la mano a su espada.   

El papa Urbano V se levantó de su trono y pidió calma.

—Raimond, por favor, vuelve a tu sitio —pidió con una tranquilidad pasmosa.

Raimond dedicó una mirada irascible a Esteve antes de dar media vuelta y ocupar su silla.

—Creo que esta audiencia se ha salido un poco de tono. Espero que podamos volver a hablar como gentes civilizadas que somos —intentó serenar los ánimos el papa.

Esteve Moreau resopló aliviado, realmente había pasado miedo. Ya recompuesto, recobró su altivez.

—Aquí no hay nada de lo que hablar. He sido humillado, como un vulgar campesino. Me marcho para no volver jamás. Tendréis noticias del rey, tenedlo por seguro —anunció despectivo y amenazador. Dicho esto se marchó a grandes zancadas, con la cabeza muy alta. No podía perder la dignidad.

El papa bajó de su trono cariacontecido, la audiencia había sido lamentable. Se dirigió hacia Raimond.

Raimond Guibert se levantó furioso. Se había quedado con las ganas de darle su merecido a ese maldito Esteve como se llamara. Masculló palabras inconfesables, presa de su ira. Notó cómo una mano se apoyaba en su brazo. Era el papa.

—Raimond, Raimond, Raimond… —dijo pesaroso—. Cuando tu furia sobrepasa los límites de lo racional eres como un perro rabioso —continuó sin reproche alguno—. No dudo que en el campo de batalla esa furia te sirva para vencer al enemigo, pero tienes que recordar dónde estás ahora. —Palmeó su brazo un par de veces de forma cariñosa.

Raimond bajó la cabeza un instante, sabedor de que tenía razón. En parte.

—No podía dejar que le insultara, que le faltara al respeto. Vos sois el papa, por el amor de Dios —se defendió—. Sé que me he excedido, y le pido perdón por ello. Pero no permitiré nunca que le traten así. Antes tendrán que pasar por encima de mi cadáver —aseguró categórico.

El papa sonrió tímidamente.

—Hoy te has ganado un nuevo enemigo. Bueno, nos hemos ganado un nuevo enemigo. Al rey Carlos V no le gustará nada lo que su enviado le cuente. No descartaría que se presentara aquí exigiendo una explicación. Aparte de nuestra negativa a mantener aquí el papado, que eso sí que le enfurecerá —pareció pensar en alto.

—No me preocupa lo que piense el rey. Si viene con arrogancia exigiendo una explicación, mi espada está dispuesta a dársela —afirmó Raimond todavía iracundo.

El papa Urbano V se escandalizó.

—Raimond, estás en la casa del Señor. Él quiere la paz por encima de todo. Y no seas tan arrogante tú también. Estás hablando del rey de Francia.

—Sabes perfectamente que podría reunir a un ejército mayor que el que pudiera reclutar el rey de Francia. Si viene aquí amenazando u ordenando que no nos desplacemos a Roma, lo aplastaré como a un mosquito —aseguró con rabia.

—Será mejor que dejemos esta conversación, todavía estás muy alterado, y divagas —indicó el papa con malicia, marchándose a continuación.

Raimond sonrió levemente. Había pecado de soberbio, pero era la realidad. Podría formar un ejército muy poderoso, millares de soldados y mercenarios se ofrecerían para luchar por el papa, incluso ante reyes. Pero como bien le había dicho, sería mejor zanjar el tema, necesitaba templar los nervios.

—¿Nos vamos? —preguntó Etienne Martine, que se había acercado, con una mueca que parecía ser una sonrisa.

Raimond Guibert lo miró. Su mejor amigo y fiel soldado era un gruñón sin remisión, pero en situaciones como la que se había dado hacía un momento, disfrutaba como un enano.

—Sí, vámonos, necesito aire fresco. Tú puedes irte a casa, no necesito tus servicios por hoy.

—Muy bien, Raimond. Mi familia se alegrará —dijo con su habitual rostro ceñudo—. Mañana por la mañana regresaré. Por cierto, has estado brillante. Ese cabrón necesitaba una cura de humildad. —Los ojos comenzaron a brillar, y su singular risa cavernosa volvió a hacer acto de presencia—. No se me va de la cabeza su expresión cuando te has enfrentado a él. —Otra vez esa peculiar risa—. Ya puedo morirme feliz —dijo mientras se marchaba por el patio empedrado, con una media sonrisa.

Raimond sonrió divertido mientras veía marchar a su compañero de armas. Pensó que su amigo estaba en lo cierto, que había valido la pena. Aquel enviado especial del rey bien necesitaba que le bajaran los humos, aunque comenzaba a estar un poco dolido por haber fallado al papa. Se había excedido, pero no había podido evitarlo. Se encaminó hacia las caballerizas para encontrar el sosiego que buscaba. Al llegar y ver a su caballo, todo su ser se serenó.

—Hola, pequeño —le susurró con dulzura, acariciando su cuello. Raimond era un amante de los animales, en especial de los caballos. Desde niño siempre había sentido predilección por estos animales tan poderosos, tan bellos. Y con este caballo, en particular, tenía una simbiosis difícil de explicar. Llevaban juntos desde hacía once años, exactamente desde que se alistó como soldado para la Iglesia. Lo compró en Montpellier, y desde entonces no se habían separado jamás. Fue su primer caballo, en un momento de su vida donde pasó de ser escudero a caballero, donde cumplía su sueño de luchar contra los herejes en nombre de Dios. Qué lejos quedaba todo aquello. Quiso borrar de su mente aquellos recuerdos y se concentró en su caballo. Lo acarició con esmero, con cariño, mientras liberaba toda la tensión y calmaba sus nervios.

 

 

 

 

 

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