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CAPÍTULO 1 

 

Diciembre de 2009

 

Fue despertándose lentamente, embotado, mareado. Una sensación de aturdimiento dominaba todo su cuerpo. El simple hecho de abrir los ojos le pareció una ardua tarea; los párpados le pesaban como una losa. Poco a poco, progresivamente, un dolor de cabeza fue aumentando hasta límites insospechados. Esto le despabiló. Abrió los ojos mientras una mueca de dolor deformaba su rostro. Un quejido leve y ronco salió inexorablemente de su boca, a la vez que se llevaba la mano a la nuca, de donde parecía provenir el foco del dolor. Inconscientemente, dada la total oscuridad reinante, la posición tumbada de su cuerpo y la almohada que percibió al tacto de la mano, se imaginó acostado en su cama.

Pocos segundos después, cuando todavía luchaba por abandonar ese mareo y sopor que parecían inquebrantables, comenzó a experimentar un frío atroz, lo que corroboró al sorprenderse tiritando. Buscó a tientas con su mano el interruptor de la luz, pero, sin apenas haber estirado el brazo, se topó con una pared que no debía estar al lado de la cama.

«Pero ¿qué ocurre aquí?» Al querer incorporarse, fruto de su incomprensión, un dolor punzante recorrió cada milímetro de su cabeza, lo que hizo que, esta vez, el quejido aumentara de intensidad. Acomodó nuevamente la cabeza sobre el almohadón, aliviando levemente el dolor. Miró a su derredor en busca de vislumbrar a sus compañeros de habitación, pero una negrura absoluta la cubría.

Parecía ir dejando atrás el aturdimiento, lo que contribuyó a una mayor claridad en sus pensamientos. La cama parecía más estrecha, el frío insoportable, el tacto de las sábanas era áspero... «Pero… ¡no hay sábana!», gritó en su fuero interno. Al palpar se dio cuenta, perplejo, de que lo que cubría su cuerpo no era una sábana, sino una manta. Buscó con la mano la cabecera de la cama, algo que no encontró, ni siquiera la pared que debía estar detrás de la cabecera. Entonces recordó todo. Sí, ahora los acontecimientos desfilaban nítidos por su cabeza embotada. «¡Me atacaron!», pensó sumamente alarmado.

Mientras daba el habitual y placentero paseo nocturno, justo después de cenar, un par de individuos surgieron de la nada, en la inmensidad de la noche, en un camino cercano al pueblo desprovisto de luz artificial. Sin tiempo a reaccionar, ni siquiera a procesar en su cerebro lo que ocurría, se abalanzaron sobre él, en milésimas de segundo, y le propinaron un fuerte golpe en la nuca con un objeto contundente, el cual no pudo ver.

No recordaba nada más al haber perdido el conocimiento al instante. El pulso se le aceleró alocadamente, sin control, comenzando a ser presa del pánico. El lugar en el que estaba no ayudaba nada, dada la turbación que producía la tenebrosidad y el silencio sepulcral existente. «¿Quiénes eran esos tipos que me asaltaron? Peor aún… ¿dónde estoy? ¿Cuáles son sus propósitos?», se preguntó, invadido por mil interrogantes que se agolpaban sin respuesta en su cerebro.

Volvió a pasear la mirada a su alrededor, aterrado, tiritando ahora no sólo por el frío. Aguzó el oído en busca de algún sonido que pudiera identificar, de algo que pudiera esclarecer dónde estaba, o de comprobar si estaba solo. Nada. El dolor de su cabeza persistía, pero él ya no lo percibía, el terror se había adueñado de su ser. Sólo oía su respiración, agitada y entrecortada, mientras reunía fuerzas para incorporarse y abandonar esa torturadora oscuridad que estaba a punto de hacerle perder la cordura.

Se incorporó muy despacio, no sólo por el hecho de no avivar el dolor de cabeza, sino para hacer el mínimo ruido posible, ante la posibilidad de que esos dos desalmados estuvieran allí. Pese a sus movimientos pausados y estudiados, la cama crujía bajo su cuerpo, mientras el dolor aumentaba, reprimiendo los quejidos, y apareciendo una sensación de mareo que a punto estuvo de llevarlo de bruces contra el suelo. Se arrodilló en el suelo y se puso a caminar a gatas ante el insistente mareo y la mayor facilidad para detectar objetos en su camino. Intentó ir en línea recta, aunque dudaba que lo consiguiera por culpa del vahído que, aunque había remitido, todavía estaba presente. A pasos cortos, y con las manos haciendo de guía, iba lentamente avanzando sin encontrar nada a su paso, sobre un suelo irregular y frío como el hielo. En ese momento se percató de que el frío se había evaporado de su cuerpo, incluso parecía sudar, sin duda por el peligro y el pánico en el que estaba inmerso. Poco después su mano topó con algo metálico, lo que hizo que se quedara inmóvil, como perro que descubre a su presa. Un poco más calmado se dispuso a palparlo, a analizar el objeto con el que se había topado: unas barras cilíndricas gruesas y metálicas verticalmente ubicadas, con una especie de refuerzo metálico en horizontal uniéndolas. No daba crédito a lo que en su mente se dibujaba: ¡unos barrotes de una cárcel!

Se incorporó despacio y recorrió la altura de esa aparente reja, algo que le superó en altura y donde sus manos no llegaban a su fin. «Madre de Dios…», se repetía una y otra vez, caminando ahora hacia la izquierda, sin dejar de palpar los barrotes, interminables. Después de varios minutos cerciorándose, comprobó que estaba encerrado en una estancia amplia, entre dos paredes de rejas y otras dos de una pared que rivalizaría al tacto con las de un iglú. «Dios mío, ayúdame», se dijo mirando al techo a pesar de la oscuridad. También pudo imaginar, con total certeza, que se encontraba solo.

Una vez recuperado levemente del shock, inspeccionó a tientas el resto de la estancia, lo que, por culpa de la negrura y del ahora deficiente estado de su sentido de la orientación, tardó una eternidad. En el peculiar rastreo sólo encontró, aparte de la cama, una especie de cubo de plástico y un rollo que dedujo sería papel higiénico. Absolutamente nada más. Su incredulidad crecía abrumadoramente, mientras el silencio era aterrador y la oscuridad, todavía más. Las preguntas volvieron a apabullarle, cuando se sorprendió al oír su voz.

—¿Hola? —susurró entrecortadamente, vacilante, temeroso—. ¿Hay alguien ahí? —preguntó con un poco más de convicción. Nada perturbó el silencio.

Las siguientes horas las pasó tanteando con más detenimiento las rejas y las paredes en busca de algún resquicio por donde escapar, mientras la angustia le atormentaba sin piedad. Ante la infructuosidad de su empeño, y por culpa de los acontecimientos, sufrió un ataque de ansiedad, que sumado al leve mareo todavía persistente, cayó nuevamente en la inconsciencia, sentado con las rejas como respaldo.

Unos golecitos en el hombro le despertaron, y tras la breve confusión inicial que experimentó, dio un respingo tal que se levantó del suelo de un salto en un abrir y cerrar de ojos. Se encontró frente a un hombre joven, inmóvil al otro lado de los barrotes. La oscuridad había mutado en una tenue luz que bañaba tímidamente el lugar.

—Siéntate en la cama y no te muevas —ordenó.

Sin tiempo a mirar nada más que al rostro del desconocido, con el corazón en un puño, las palabras le abofetearon. Aunque no fue nada en comparación con lo que sintió al ver una pistola empuñada en su mano derecha, apuntándole firmemente. Víctor Hugo retrocedió torpemente, hipnotizado por el arma, y trastabilló un par de veces antes de llegar a la cama. Obediente, sin valor para articular una palabra, se sentó en el catre, sin apartar la mirada del arma.

El hombre que la empuñaba sacó una llave de grandes dimensiones, antigua, y abrió la puerta de la celda, que chirrió descaradamente. Entró sin dejar de apuntarle, con una bandeja de metal brillante y reluciente colocada sobre la otra mano con maestría. Vestía elegantemente, con corbata y americana. El pelo rapado casi al cero, sumado a las anchas espaldas y un cuerpo fornido, lograban infundir mucho respeto, sin la necesidad del arma, aunque no fuera un tipo alto.

Víctor Hugo no pudo aguantar más el silencio.

—¿Quién es usted? ¿Dónde estoy, qué hago aquí? ¿Qué quieren de mí?

No hubo contestación a sus preguntas. Dejó la bandeja en el suelo a una distancia prudencial del retenido, ojeó el balde de plástico y clavó sus amenazantes ojos verdes en Víctor Hugo.

—Debes utilizar el balde para hacer tus necesidades —ladró con fuerza y rapidez. Se encaminó a la salida de la celda sin darle la espalda y sin dejar de encañonarle.

—¡Espera, no te vayas! —exclamó desesperado—. ¡Dime qué hago aquí, qué es lo que queréis de mí, por el amor de Dios!

El hombre armado cerró la reja, sin inmutarse, inexpresivo, totalmente indiferente a sus palabras.

—¡Sácame de aquí, por favor, te lo suplico! —comenzó a sollozar tan fuerte que le fue imposible articular más palabras. Se derrumbó en el suelo, de rodillas, hundido, desesperado, mientras la silueta del individuo desaparecía por un pasadizo lejano.

Cuando consiguió serenarse un poco, indagó con la mirada. La luz parecía colarse por alguna ventana que él no podía ver, aunque debía de ser pequeña dada la exigua luz que filtraba. Se encontraba entumecido hasta los huesos, el frío seguía siendo terrible y la humedad era palpable. Vislumbró dos celdas más contiguas a la suya, paralelas, separadas por barrotes sumamente oxidados. El techo era abovedado, alto, y las paredes eran de piedra, aparentando una robustez a prueba de bombas. Podría decirse que se trataba de una cárcel muy antigua, incluso de varios siglos, aunque dudaba de que en su época fuera construida para tal fin: la gran amplitud de cada celda y el número tan exiguo de éstas lo contradecían. Un leve pero persistente olor a azufre cubría cada rincón, al que acompañaba el inconfundible olor a moho. El silencio era sepulcral. Al echar un vistazo al espacio que se hallaba al otro lado de los barrotes frontales, por donde se había marchado el hombre armado, se quedó petrificado. Tras unos segundos de continua verificación mental, a causa de la penumbra, no dudó en afirmar que se trataba de un instrumento de tortura: el potro. En alguna ocasión, por televisión, lo había visto.

Las piernas comenzaron a temblarle tanto que tuvo que volver a sentarse en el catre, un camastro estrecho de hierro fuertemente anclado a la pared, provisto de un colchón ennegrecido y deshilachado. El estómago le había dado un vuelco y un sudor frío invadió su cuerpo. «Esto es una pesadilla, ¡tiene que ser una puta pesadilla!», se dijo, ahora enrabietado.

—¡Socorro! ¡Socorro, estoy encerrado por unos maníacos! —gritó varias veces, fuera de sí, hasta que sus cuerdas vocales estuvieron a punto de estallar.

 

 

Cuatro días después, contados por él mismo gracias a la luz solar que penetraba por alguna abertura en la pared y que revelaba cada amanecer y anochecer, horas después de haber recibido la cena por el mismo individuo de siempre, la oscuridad se disipó misteriosamente. Se incorporó del camastro, sorprendido, pudiendo ver el origen de esa anticipada luz: estaban prendiendo unos candelabros anclados a la pared.

Tragó saliva con dificultad al ver con claridad el potro de tortura y unos grilletes con cadenas ancladas a la pared un par de metros más hacia la derecha. Su cuerpo comenzó a temblar de miedo, los dientes castañeteaban ruidosamente. Después de cuatro días encerrado en aquel macabro e inhumano lugar, con las mismas ropas, sin poder lavarse, sufriendo el mutismo de su secuestrador a sus incesantes preguntas y súplicas, aterrado por las elucubraciones que en su mente circulaban irremediablemente, vio que la rutina se rompía, haciendo entrever que pronto conocería el motivo de su rapto.

Víctor Hugo, después de muchas horas estrujándose el cerebro, no había encontrado el porqué de la situación. No estaba metido en líos, ni tenía cuentas pendientes con nadie. Llevaba unos pocos meses en España, adonde había viajado acompañado de compatriotas venezolanos en busca de una vida mejor. Trabajaba duramente en la agricultura, en Blanes, provincia de Gerona, Cataluña, donde residía junto con sus compatriotas. Había dejado a sus padres y hermana, al ser insostenible la situación en su país. Una difícil y dura decisión. Por lo visto, también equivocada, aunque no tenía ni la menor idea de lo que podría depararle el futuro inminente. «Nada bueno», se repetía, dadas las circunstancias.

Un par de horas después de que los candelabros cobraran vida, pareciéndole una eternidad, aparecieron dos individuos que se acercaban decididos a su celda. Uno era el ya conocido, que lo había abastecido de víveres tres veces al día y que vaciaba el balde con sus defecaciones. El otro vestía con la misma indumentaria elegante y de colores oscuros. No reparó en nada más dado su estado de excitación y pavor que se apoderó de él. Le esposaron los tobillos y las muñecas a la espalda y le llevaron entre ambos en volandas por unos pasadizos estrechos y bajos, algo aliviado por alejarse del potro, hasta una estancia grande y con el techo alto y abovedado, que reposaba sobre unos pilares de piedra robustos, vacía a excepción de una tumba de considerables dimensiones: era de un color grisáceo claro, como el hormigón, de algún tipo de piedra pulida, con ostentosos relieves en los laterales y una gran cruz labrada en la losa con infinidad de velas delimitando su forma.

Los hombres armados le ordenaron arrodillarse a los pies de un lateral de la tumba, a espaldas del pasadizo por donde habían accedido. Un cubo de aluminio se encontraba en el suelo, a su lado, inmaculadamente limpio. La sala estaba bien iluminada por varios candelabros anclados en las paredes.

Tras más de una decena de minutos en que los secuestradores parecían esperar algo o a alguien, inmóviles flanqueándole, Víctor Hugo no cesó de suplicar por su liberación, implorando que no le hicieran daño. No podía pensar, ni concentrarse, en el porqué de esa tumba ni en el significado de su presencia. Tan sólo pensaba en suplicar una y otra vez, sollozando, conmocionado, sin abandonar el pavor que inundaba cada poro de su cuerpo. El suelo de piedra irregular comenzaba a clavarse sin piedad en sus rodillas.

Unas voces apagadas retumbaron en la estancia, a su espalda, dando fin a sus súplicas. A su izquierda apareció una figura delgada caminando con parsimonia, dejando una copa de oro sobre la losa de la tumba. Refulgió poderosa por la luz que parecía absorber de los candelabros y de las velas, creando destellos de oro y verde que espolvoreaban el lugar, al estar adornada por cinco esmeraldas que resaltaban notablemente. Víctor miró sin disimulo la figura que se había acercado a la tumba: era viejo, de más de setenta años, con la cara estrecha y arrugada, con unos ojos hundidos debajo de unas gafas. Caminaba con dificultad. Vestía una sotana negra, con una cruz de oro gruesa y voluminosa colgada del cuello.

El sacerdote retrocedió un par de pasos hasta quedarse frente a la tumba, en el campo de visión de Víctor Hugo. Éste se encontraba en un estado de shock que le mantenía enormemente aturdido, incapaz de reaccionar por cuenta propia. Por el rabillo del ojo vio otras dos figuras, o tal vez tres, de pie, inmóviles, cercanas al sacerdote, pero apenas reparó en ellas. Uno de los hombres armados que no se había separado de él en ningún momento le agarró fuertemente del cabello, manteniéndole la cabeza levemente alzada. Víctor no opuso resistencia, parecía estar en otro mundo. El otro que le flanqueaba colocó el cubo delante de Víctor, a unos treinta centímetros de sus piernas, que se mantenían con las rodillas clavadas en el suelo, doloridas, aunque ahora ya no percibía el dolor.

El sacerdote, con una voz débil a causa de su debilitado estado, comenzó a recitar una oración en un idioma que Víctor Hugo no identificó. Las palabras, a pesar de no entenderlas, se introducían en su cerebro con facilidad, dada la incesante verborrea cansina del sacerdote, en una mente ya de por sí turbada por los acontecimientos. En ese momento algo brilló delante de sus ojos: un cuchillo de enormes dimensiones, de doble filo, con innumerables dientes capaces de cortar como una sierra. Fue degollado al instante, e inmediatamente inclinaron su cuerpo hacia delante, lo suficiente para que la sangre que manaba a borbotones cayera en el interior del cubo de aluminio, colocado con maestría para tal fin.

Víctor Hugo, después del intenso pero breve dolor padecido, comenzó a respirar con mucha dificultad, atragantándose con su propia sangre. Veía claramente la catarata de sangre que abandonaba su cuerpo, mientras, por alguna extraña razón, la serenidad se había adueñado de su ser. Seguramente seguía dominado por la conmoción. No sentía miedo, ni temor, ni añoranza, ni anhelo, ni dolor… Nada, sólo una serenidad mental incontestable. Poco a poco la vista fue nublándose, mientras luchaba enconadamente por no atragantarse con su propia sangre, entre espasmos. Seguía escuchando al sacerdote, que parecía indiferente a lo que acontecía a su alrededor, recitando un monólogo interminable. Comenzó a sentir que las fuerzas le abandonaban, que la sensibilidad de su cuerpo desaparecía, que su luz se apagaba, percibiendo claramente el final. Su final. Su muerte.

 

  

CAPÍTULO 2 

 

 

Zaragoza, once meses después

 

Eduardo Laborda regresaba a casa del trabajo. Un día más dejaba de lado los pormenores de su negocio en pos de hacer compañía a su madre. Ya lo había tomado como rutina: acudía a primera hora a su empresa para reunirse con Fernando, su hombre de confianza, quien le ponía al día. Eduardo le explicaba las directrices a seguir, después charlaba un poco con los otros empleados, en plan ameno y jovial, y se marchaba hasta el día siguiente. En pocas ocasiones tardaba más de tres horas.

Hoy no era una excepción. Ya no recordaba con exactitud cuándo comenzó este hábito, aunque estaría cercano a los cuatro años. Por suerte para él, la tienda de informática de la que era propietario y que inauguró hacía siete años seguía viento en popa, por lo que podía permitirse ese lujo cada día.

Tras el paseo matutino —la tienda no se encontraba lejos—, se sentía mejor, el aire libre purificaba y despejaba su mente. Silbando alguna canción que el estribillo se negaba a abandonar su cerebro, entró en casa. La tranquilidad y el silencio que se respiraba fueron una sorpresa, y una bendición. Su madre debía de tener un buen día. Este hecho le alegró el alma. Decidido y risueño entró en el antiguo estudio de la planta baja, reformado ahora en el dormitorio de su madre.

—Hola, cariño —dijo su madre con voz clara y poderosa, embutida en el interior de la cama por una manta y el edredón, asomando tan sólo la cabeza.

Eduardo se sorprendió al verla tan fuerte físicamente. Sí, esta mañana tenía muy buen aspecto.

—Hola, mamá —contestó en tono jovial, con una enorme sonrisa dibujada en su cara. Verla así hacía que su corazón, habitualmente en un puño, se expandiera y latiera alegre en todo su esplendor. Le dio un sonoro beso en la mejilla, y ella le cogió la mano, con ternura—. ¡Te veo muy bien! ¿Qué tal has desayunado?

—Muy bien, hijo, hoy tenía apetito. Estoy mejor que nunca.

Ambos se rieron con ganas, con satisfacción, con una alegría inmensa en su interior.

Elvira padecía cáncer de páncreas. Cuando se lo diagnosticaron ya se encontraba en un estado avanzado, ya era demasiado tarde. No había posibilidad de extirpación quirúrgica de todo el tejido tumoral. Elvira, por aquel entonces con cuarenta y nueve años, inició un tratamiento paliativo, para mejorar la calidad de vida. Los médicos le dieron un plazo de cuatro años de vida; a día de hoy, habían transcurrido cerca de cinco años y medio.

—Perfecto… Qué alegría me das. ¡Qué alegría verte así! —exclamó eufórico. No era habitual, sobre todo últimamente, que su madre estuviera sosegada, sin dolores.

Eduardo se sentó en el sillón a la vera de su madre. Era el único mueble que había resistido a la reforma. Quiso dejarlo allí para estar cómodo en las largas horas que pasaba al lado de su madre. Charlaron sobre las novedades de su negocio, sobre las noticias nacionales e internacionales, sobre el clima de aquella mañana.

Para él era una satisfacción inmensa acompañarla, ofrecerle su cariño, su tiempo, su dedicación, en pos de que su transición hacia la muerte inminente fuese menos traumática. Prácticamente no hacía vida social, manteniéndose al lado de su madre eternamente, postrada en la cama. A él no le importaba, le gustaba quedarse en casa. También influía el hecho de sentir que lo más importante en su vida era hacerla feliz hasta su último aliento. Bastante había sufrido ya, la pobre.

Entre esas cuatro paredes vivía Elvira desde hacía unos años, cuando la cruel enfermedad, empeorando día a día, hizo que tuvieran que instalarle un catéter para drenar la bilis, aparte de un bajón físico considerable. No obstante, ante la incredulidad de los médicos que la trataban, seguía con vida, superando con creces las expectativas. Cada vez los dolores que sufría eran más fuertes y más frecuentes, y su vida cada vez carecía más de sentido, sin embargo, no perdía la ilusión por vivir y seguía luchando enconadamente por estar un día más junto a su hijo, disfrutar de su compañía, de las pequeñas grandes cosas que ofrece la vida.

«Aquí está una vez más, sentado a mi lado, como si el mundo exterior no existiera. Tan sólo él y yo. Yo y él», pensó, mientras le oía hablar con dedicación. Cada vez que pensaba en él se le llenaban los ojos de lágrimas.

Irrumpió en la habitación Susana e interrumpió la amena charla. Se encargaba de cuidar a Elvira, aparte de hacer la comida y la limpieza del hogar. Quería informarse de las apetencias gastronómicas de Eduardo en el día de hoy. No es que acostumbrara a tener exigencias con la comida, sino que a la criada le gustaba complacer, en la medida de lo posible, a sus jefes.

Susana Vélez era ecuatoriana, de cincuenta y cinco años, sirviendo a las órdenes de Elvira y Eduardo desde hacía tres años. Para ellos era perfecta para ese trabajo: humilde y atenta, muy educada y servicial, aparte de buena persona. Pero había algo todavía más valioso para desempeñar un trabajo tan delicado y sufrido como cuidar a una persona agonizante: la gran amistad que había surgido entre ellas. Esto hacía que Susana se desviviese por Elvira, por amor, por cariño, como verdadera amiga.

Cuando ambos volvieron a quedarse a solas, Eduardo se levantó de un brinco y se acercó a la cómoda, donde reposaban varios libros. La miró con una tímida sonrisa de complicidad. Elvira asintió entusiasmada. Era la hora de la lectura.

Si de costumbre su madre disfrutaba de un buen libro, hoy más todavía; se encontraba sosegada, sin dolor, con fuerzas, de buena gana. Hacía ya tiempo que le costaba horrores leer; la vista se le cansaba, el texto se volvía borroso, parecía como si una telaraña creciese bajo sus párpados. Eduardo, desde entonces, no dudaba un instante en leer para ella. Cogió el libro, una novela romántica, la pasión de su madre, y lo retomó donde lo dejaron ayer. Siempre leía para ella con parsimonia, para que no perdiera el hilo. Él disfrutaba haciéndolo, sabedor de que el sentimiento era recíproco. Hacía recesos en la lectura cada cinco o seis minutos, para que pudiera saborearla al máximo, lo que él aprovechaba para mirarla inquisitivamente, deseoso de ver un gesto de complacencia, un brillo en sus ojos, algo que le confirmara que durante esos momentos olvidaba la cruda realidad, deleitándose con una buena novela. Hoy no iba a ser la excepción, y nada más hacer un alto en la lectura, los ojos de Eduardo buscaron con ahínco esa expresión que tan bien conocía. Y ahí estaba, sus ojos refulgían como poderosos focos, emanando una felicidad inmensa, totalmente contraria a lo que el cáncer obliga a su víctima, sobre todo si es irreversible.

«Ojalá yo haya heredado tu fuerza interior, tu aplomo», pensó Eduardo, casi con lágrimas en los ojos al poder todavía hacerla sentir viva. Atrás quedaban muchos días de sufrimiento, momentos de inaguantable existencia donde veía padecer a su madre dolores terribles, gimiendo, agonizando, pidiendo clemencia. Esos momentos eran los peores para él, incluso prefería que el Señor se la llevase consigo, acabando de una vez esa tortura emocional para él, y física y mental para su madre.

Quiso sacarse ese pensamiento que le sobrecogía el alma, que le había sorprendido inesperadamente ahora. Miró a su madre con detenimiento, con ansia. Una sonrisa iluminaba su rostro. Esto ayudó a Eduardo a que recobrara definitivamente la serenidad después de ese pensamiento turbador, y prosiguió con la lectura.

Su vida, a los treinta y un años, transcurría en torno a su madre. Como si de un marinero se tratase, ella era el faro costero con el que guiarse. Atrás había quedado la ilusionante y satisfactoria vida del propietario de un negocio en auge, en constante prosperidad y abriéndose camino en el competitivo mundo de la informática. Aunque la tienda era un punto de apoyo importante en su vida, sobre todo para desconectar, lo había dejado bastante de lado. Le era imposible mantener la serenidad fuera de casa, lejos de su madre. No podía pensar en otra cosa que no fuera el estado de su madre, en cómo se encontraría, si le necesitaría. Para Eduardo era insufrible. Los fines de semana se encerraba en la habitación con ella, aunque ésta se lo reprochara en multitud de ocasiones. Prefería estar con ella mil veces antes que cualquier otra cosa en el mundo, por tentadora o maravillosa que pudiera ser.

Llegaba el momento de otro receso en la lectura, de otra mirada inquisitiva, de una nueva alegría del alma. No podía creer que hoy su madre se encontrara tan bien. Era como si hubieran retrocedido en el tiempo un par de años, cuando la enfermedad todavía dejaba un poco de libertad y autosuficiencia a su madre. Quiso recordarla en su estado de plenitud, cuando su cuerpo fuerte y sano la llenaban de vigorosidad, cuando el pelo castaño oscuro brillaba con fuerza bajo el sol y unos grandes ojos de color avellana llenos de vida, intensos, preciosos, trasmitían vitalidad y dicha. Siempre la recordaba así, incluso en su niñez, cuando todavía estaría padeciendo la muerte de su marido, fallecido a los tres años de nacer él.

Poco quedaba ya de esa mujer en la plenitud de su vida. Ahora estaba demacrada, esquelética, completamente calva, muy débil, sufriendo fuertes dolores epigástricos, padeciendo ictericia. Su aspecto era, para él, desgarrador, hiriente hasta términos incomprensibles.

La voz de su madre le sacó de su ensimismamiento.

—Ay, cariño, con lo que me hubiera gustado verte con una novia decente…

«Ya empezamos», se dijo Eduardo. Se veía en esa tesitura casi a diario. Resopló, cansado ya de ese comentario.

—Ya no hay mujeres decentes, mamá —contestó ingeniosamente, vocalizando exageradamente «decentes». Una pequeña broma que intentaba que sirviera para zafarse del asedio de su madre.

Elvira sonrió sin desviar la vista del televisor, apagado, de cuarenta y dos pulgadas de pantalla plana anclado a la pared, con la mirada perdida.

—Pues claro que las hay. A montones. Con lo bonito que es compartir tu vida con otra persona. Qué vas a hacer tú solo en casa, con lo dura que puede llegar a ser la soledad. Hazme caso, hijo mío —aseguró, con convencimiento, incluso con profunda preocupación.

«¡Que Dios me coja confesado! Esto se pone feo…», pensó Eduardo, poniendo los ojos en blanco.

—Ya sabes que a mí me gusta la soledad. Y estoy muy bien soltero, muy feliz y contento. Y sobre todo inmejorablemente bien. Por tanto no hay discusión alguna —quiso zanjar cuanto antes y cerrar cualquier atisbo de duda en su madre. Y había sido del todo sincero. Era muy feliz así: soltero y sin compromiso.

—Pero no puedo culparte —prosiguió Elvira, indiferente a la explicación de su hijo—. Estás encerrado conmigo día y noche, cómo vas a conocer a una chica. Te he repetido mil veces que hagas vida normal, que no malgastes tu juventud por mí. Para eso contratamos a una asistenta.

Eduardo volvió a resoplar, la conversación adquiría unos tintes tan negros como unos nubarrones amenazantes de tormenta. Eso es lo que era para Eduardo: una tormenta de granizo, y sin un posible resguardo a la vista.

—El tratamiento parece que te hace chochear, mamá. Incluso estás hablando sola.

—Todavía recuerdo a Andrea. —Seguía sin parecer escucharle—. Era tan buena chica… y hacíais tan buena pareja… Creo que hubieras sido feliz con ella. Siempre lo creí. Pero tú, en cambio, la dejaste. —Meneó la cabeza con parsimonia, incrédula recordando lo sucedido.

«Lo que faltaba, ¡Andrea! Pero qué le pasa a esta mujer hoy. —Comenzó a resoplar y a removerse en el sillón, inquieto—. Y no para… Parece un disco rayado.»

Andrea había sido la única relación sentimental seria, que duró unos tres años. La conoció mientras estudiaba en la Universidad de Zaragoza. De eso hacía ya unos ocho años.

—Mamá, ¿me has oído lo que he dicho? Pareces un loro —dijo irritado.

—Sí, cariño, sí, te he oído. Pero es que no creo que seas consciente todavía de tu… equivocación. —Antes de que fuera reprochada por su hijo, continuó—. Pero bueno —suspiró profundamente—, es tu decisión, y ya eres mayorcito.

—Amén —soltó en tono grave, todavía extasiado ante el torrente de importunidades con la que su madre había sido capaz de obsequiarle.

Apremiado por la urgencia de que pudiera seguir con esa conversación, retomó la lectura de la novela y leyó con avidez inconscientemente; estaba con los nervios a flor de piel. Su cerebro todavía rumiaba las palabras de su madre, no dejándole serenarse.

El cuerpo rechoncho y bajito de Susana, con un trasero enorme y desproporcionado, apareció en el umbral. Era la hora de tomarse la medicación. Esperó tranquila a que Eduardo acabara de leer, interesándose por las palabras que emanaban claras y melodiosas. Él había conseguido calmarse y volvía a leer con parsimonia.

—Auméntale la dosis, Susana, que hoy chochea en exceso —aconsejó muy serio, nada más terminar de leer.

—¡Eduardo! —le recriminó la criada, con suavidad.

Se levantó del sillón, dejó el libro sobre la cómoda y cruzaba ya el umbral cuando la voz de su madre escuchó a su espalda.

—Espera, Edu, tenemos que hablar.

Eduardo se volvió con el ceño fruncido.

—No pensarás seguir dándome la tabarra.

—No. Ven, siéntate. —El rostro se tornó sombrío.

Eduardo regresó al lado de su madre, esta vez sin sentarse en su sillón, sino en el borde de la amplia y confortable cama que presidía la estancia. No tenía ni la menor idea de qué podría ser, pero intuyó que podría estar relacionado con su muerte. Con sólo pensarlo los pelos se le pusieron como escarpias.

Esperó a que su madre, ayudada por Susana, tomara la medicación. La asistenta trajinaba sobre la mesilla, donde no había espacio libre, buscando el medicamento que debía administrarle. Aparte de una lámpara y varios fármacos que rebosaban la mesita de noche de madera de nogal, había una radio de bolsillo, un vaso siempre lleno de agua en eterna disposición y un termómetro.

Elvira bebió un poco de agua con dificultad, sosteniendo el vaso con mano trémula, ayudada por Susana, que con una mano se aseguraba de que el vaso no se le cayera y con la otra, le sostenía levemente levantada la cabeza. Debía atiborrarse de fármacos cada día, por prescripción médica. Aparte de la quimioterapia, ingería otros medicamentos para contrarrestar las deficiencias de su páncreas. Junto con la radioterapia todo esto hacía que el camino hacia la muerte fuera más prolongado y menos insufrible.

—Ya está, Elvira, muy bien. ¿Quieres que te traiga ahora la comida? —dudó Susana, ante la presencia de Eduardo por la llamada de su madre.

—No, tengo que hablar con mi hijo. Ya te avisaré. Gracias.

Susana asintió y se marchó, sonriendo a Eduardo. Existía una gran confianza y complicidad entre los tres. Para ellos era como de la familia.

Elvira buscó la mano de su hijo, que no tardó en encontrar. Eduardo, sentado levemente girado hacia ella, la miró fijamente, con los párpados entornados. Ella apretó su mano con fuerza y su mirada se tornó penetrante, lo que hizo que Eduardo bajara la vista y se detuviera en sus manos enlazadas.

—¿Qué ocurre, mamá?

—Ay, cariño, qué habría sido de mi vida sin ti… —Un suspiro hondo y entrecortado salió de lo más profundo de su ser. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—No te pongas sentimental, por favor. Hoy deberías disfrutar del regalo que has recibido del Cielo. El dolor te ha dado una tregua, incluso has recuperado el sonrosado de las mejillas —se sinceró. Ella debía aprovechar en recargar fuerzas y mantenerse alegre, dentro de lo posible.

Elvira desvió la mirada al frente, hacia la negrura del televisor apagado.

—Esto es sólo un pequeño momento de calma, un preámbulo a la tempestad. —Su mirada volvió a clavarse en los ojos de su hijo, quien la miraba con gesto de extrañeza, no pareciendo comprender muy bien sus palabras—. El final está cerca, hijo mío, lo presiento —aseguró con una entereza que hasta ella misma se sorprendió.

Eduardo desvió la mirada, con unas ganas enormes de llorar, que contuvo como pudo. El corazón se le anudó en la garganta, le resultaba costoso tragar saliva. No quería dar pie a una llorera a dúo, a padecer unos sentimientos más propios de haberse consumado ya la tragedia. Con todas sus fuerzas intentó serenarse e hizo acopio de valor para alentar a su madre. Se aclaró sonoramente la garganta.

—Todavía sigues con vida, a pesar de que los médicos te habían enterrado hace más de un año, superando todas las previsiones, incluso las más optimistas.

Su madre acarició el dorso de su mano con el dedo pulgar, ensimismada.

Unos momentos de silencio se apoderó de ambos.

—Ya sé que en más de una ocasión te he hecho jurarlo, pero necesito recordártelo una vez más —cambió de tema. Era el asunto que deseaba abordar. Volvió a quedarse ensimismada, en silencio.

Eduardo, después del mal rato que había experimentado con las dolorosas palabras referentes a la proximidad de su muerte, intentaba poner orden en su cabeza. Enseguida cayó en la cuenta de qué se trataba. Ella, en varias ocasiones, sobre todo desde que le diagnosticaran el cáncer, le obligó a jurar y perjurar que durante el resto de su vida se mostraría inflexible al deseo de acercamiento por parte de su abuelo materno. Eduardo no le conocía, ni siquiera le había visto una sola vez.

—En cuanto muera, ten por seguro que tu abuelo vendrá. Querrá clavar sus garras en tu vida. No consientas que lo haga, no caigas en sus trampas, ni siquiera consientas el mero hecho de tener una charla informal con él. —La seriedad en su rostro trasmitían nítidamente la importancia en cada palabra.

—Nunca ha querido saber nada de mí, ¿por qué iba a hacerlo ahora? —Para él esa persona no existía, nunca había existido. No conocía absolutamente nada de su vida, ni siquiera había visto una fotografía suya. No había conseguido sonsacar a su madre más información al respecto, y pensó que quizás ahora estaría dispuesta a explicarle algo más sobre su misterioso abuelo. Su madre, al parecer, no había querido, por nada del mundo, una reconciliación, y le había mantenido siempre apartado de él. No conocía los detalles de los motivos de la decisión de su madre de empezar una nueva vida lejos de su padre. Para Elvira era como si hubiera muerto, e hizo que para su hijo y su marido fuera como si nunca hubiera existido.

—Para sus fines, cariño, para sus horribles fines. —El rostro se tornó sombrío una vez más y cerró los ojos con fuerza como queriendo deshacerse de imágenes que deseara borrar inmediatamente—. Recuerda siempre que se trata de una persona que atesora una maldad infinita, aunque pueda parecerte bondadosa y buena persona. Rehúye de él, siempre, y no caigas en sus argucias. Recuérdalo, porque no se rendirá con facilidad. Intentará por todos los medios conocerte, ganarse tu confianza, tu amistad, recuperarte como nieto.

—Lo sé, mamá, me lo has repetido muchas veces. Pero ¿nunca piensas contarme lo que pasó entre vosotros? —preguntó con un rayo de esperanza. Tenía constancia de que algo muy malo sucedió, algo que desconocía, pero también consideraba que exageraba en exceso. Culpó a que todavía estaría presa del rencor y de la ira.

—No. Me prometí que nunca saldría de mi boca nada relacionado con mis antepasados. Incluso tu padre se fue a la tumba sin saberlo. Júramelo, Eduardo, júramelo una vez más —suplicó, con el rostro desfigurado por la angustia y el temor que la invadían.

Eduardo tragó saliva con dificultad, ante la preocupación, incluso ansia, que transmitía su madre. La miró decidido a los ojos, y desde lo más profundo de su corazón, complació a su madre:

—Lo juro, mamá, lo juro por mi vida, si es necesario.

Elvira cerró los ojos y suspiró de alivio. Parecía que se hubiera quitado un enorme peso de encima. Estaba exhausta.

—Diré a Susana que te traiga la comida, la necesitas. Y ahora olvídate de todo, y no te amargues ni te tortures con pensamientos turbadores. ¿De acuerdo?

—Sí, hijo, sí. Descuida. —Le dedicó una sonrisa sincera, que tranquilizó a Eduardo. Comió con apetito, algo sumamente extraño. Parecía haber dado un esquinazo momentáneo a sus males físicos. Las comidas eran ligeras y frecuentes a lo largo del día, conteniendo una rica fuente de proteínas. «Dieta saludable y nutritiva… Tengo que mantener la línea…», pensaba en alguna ocasión, cuando el dolor le daba tregua, riendo para sus adentros.

Eduardo Laborda subió a la primera planta, a su estudio, todavía dándole vueltas al tema de su abuelo. Su madre siempre se ponía muy seria en lo referente a él, incluso parecía trastornarse. Lo único que sabía, por boca de su madre, es que en cuanto cumplió la mayoría de edad se marchó de casa, sola, y se instaló en Zaragoza. Y que pese a todo, después de las infructuosas maniobras de su abuelo para retenerla, le entregó una gran cantidad de dinero para asegurar su porvenir. «No fue una ruptura tan violenta, ni movida por un impulso incontrolable», pensó convencido, aunque desde el total desconocimiento. Sería difícil con tan sólo dieciocho años, sola, rodeada de desconocidos, comenzar una nueva vida en una ciudad que desconocía por completo. Supo que continuó los estudios en la universidad y que un año más tarde conoció a Andrés, casándose después de tres años de noviazgo. Vagamente recordaba a su padre. También sabía que la madre de Elvira murió en el parto. Elvira era hija única.

Eduardo quiso olvidarse de todo aquello y concentrarse en su negocio, tenía trabajo. «Además, no creo que se acerque por esta casa. Ni que quiera conocerme ya a estas alturas.»

 

  

CAPÍTULO 3 

 

Barcelona

 

Nicolau Medina estaba sentado cómodamente en su despacho, revisando los informes que su secretaria le había entregado sobre la reunión que en breve mantendría con el presidente de una importante cadena internacional de hipermercados francesa. Éste llevaba poco tiempo en el cargo y no lo conocía. Todo lo contrario que Nicolau, que llevaba toda una vida como dueño de la empresa. Cuando tenía cuarenta y siete años, su ambición y poder hicieron que la comprara. Era dueño de la franquicia de una de las empresas más grandes del mundo, fabricante líder en la electrónica de consumo. Ahora, a sus ochenta y dos años, tenía que lidiar con la crisis instaurada en el país, que también afectaba a su empresa. Esto le quitaba el sueño, y debía poner todo su ingenio para salir adelante con las mínimas pérdidas posibles. Ya había tenido que recortar personal tanto en la fábrica como en los diferentes departamentos. Hoy tenía una reunión importante, clave para sus intereses.

Dejó el informe y se recostó en el sillón de cuero negro giratorio. Suspiró, cansado, y se frotó los ojos. Pese a su avanzada edad, poseía una salud de hierro, una vigorosidad envidiable, incluso aparentaba bastantes menos años de los que en realidad tenía. Su vida había transcurrido rodeada de lujo, de personas distinguidas, de los ambientes más selectos. A los dieciocho años, heredó una importante fortuna, la que había conseguido triplicar. Ni siquiera él sabía a ciencia cierta la cantidad exacta de dinero que tenía. Sin duda, una cantidad exorbitante.

Cogió un habano y lo prendió, aspirando con decisión, expulsando una gran bocanada de humo compacto, que ascendió imparable hacia el techo, con fuerza. Un momento de relax. La mesa a la que estaba sentado estaba repleta de varias carpetas de diferentes colores, estando abarrotados los dos archivadores que delimitaban una esquina de la amplia y elegante mesa de madera. Casi no había espacio para su ordenador portátil y para una lámpara eternamente encendida. El despacho era realmente grande, decorado con sobriedad y elegancia, poderosamente iluminado. Para algo había pagado una cantidad tan elevada.

Unos golpes suaves se oyeron en la puerta e inmediatamente su secretaria personal irrumpió como un vendaval abriendo de golpe la puerta, con una energía casi sobrehumana.

A Nicolau le resultaba difícil comprender cómo aquella menuda mujer podía albergar tanto vigor.

—El señor Marcos Sánchez acaba de llegar, señor —anunció con voz cantarina a una velocidad de vértigo, que junto con su entrada arrolladora, hizo dar un brinco a un Nicolau que se hallaba tranquilamente fumando. Éste tardó en reaccionar, inmóvil y con los ojos desorbitados, como si un oso hubiera derribado la puerta.

—Por el amor de Dios, ¿no puedes entrar como una persona normal? Algún día me matarás del susto. No quiero ni imaginarme el día en que tengas que alertarme de un incendio en el edificio…

—Ay, jefe, qué exagerado es usted —protestó enarcando las cejas. Seguidamente les invitó a que pasaran al interior del despacho. Marcos Sánchez venía acompañado por su hombre de confianza.

Nicolau apagó el habano por educación. Después le dedicaría el tiempo que se merecía. Observó detenidamente a ambos. Imaginó que el presidente sería el que marchaba delante. No le gustó su apariencia altiva. Tras las presentaciones, no se equivocó en lo referente a quién era el presidente. Comenzaron charlando sobre la crisis, mientras Nicolau no perdía detalle de Marcos. Rondaría los sesenta años, de estatura media, medio calvo, con una papada tal que al hablar y gesticular se balanceaba, arriba y abajo, derecha e izquierda, como un pequeño globo lleno de agua. Sus pequeños ojos contrastaban con su enorme y esférica cabeza. Al entrar, ya se percató de su oronda figura.

—Bueno, es hora de ir al grano —decidió Nicolau, que no era hombre de perder el tiempo con facilidad. Marcos asintió y su acompañante sacó de su maleta unos folios. Se los entregó a Nicolau con exquisita educación.

Sin duda, le caía mucho mejor el joven que acompañaba al obeso presidente. Con minuciosidad y tranquilidad examinó los documentos que detallaban el contrato que ofrecía esa importante cadena internacional de hipermercados: le aseguraría el futuro inmediato, esquivar con solvencia la crisis, pero, como siempre ocurre, no existe el contrato perfecto.

—Es una propuesta interesante, sin lugar a dudas… —Dejó que transcurrieran unos segundos. Marcos asintió complacido y preparó la pluma para firmar—. Pero hay algo que deberíamos discutir —terminó diciendo Nicolau, sin apartar la vista de los documentos.

Marcos Sánchez miró fugazmente a su hombre de confianza antes de contestar.

—¿De qué se trata? Imagino que será una nimiedad —confirmó incrédulo.

—Ninguna nimiedad, señor Sánchez —contestó educadamente. Le miró directamente a los ojos—. Usted desea preferencias en el mercado por nuestra parte, unas preferencias del todo exclusivas, algo que, como comprenderá, no puedo aceptar.

Marcos Sánchez frunció el ceño y se removió inquieto en la silla de madera, con mullido en la base, respaldo y reposabrazos. Justo cuando iba a hablar, oyó algo a su espalda en el interior del despacho que hizo que, instintivamente, girara la cabeza para averiguar de qué se trataba, pero a medio camino, irritado por la objeción que puso sobre el contrato, volvió su atención a Nicolau y se desentendió de la procedencia del sonido.

—Le estoy ofreciendo el oro y el moro. ¿Y usted me replica con pamplinas? —contestó en tono desafiante.

Nicolau Medina entrecerró los ojos, no le gustaba su arrogancia.

—El oro y el moro será para usted. Para mí es un contrato importante, pero a costa de dejar de lado a otros mercados, empresas y grupos a los que debo suministrar puntualmente. —A pesar de todo, no había perdido la serenidad. Su voz grave, poderosa, autoritaria, junto con una mirada perspicaz, una serenidad elocuente y una muestra de seguridad infinita en sí mismo, le hacían poseer un porte exquisito, transmitiendo una gran inteligencia y sabiduría.

Ambos se tomaron un respiro, y un profundo silencio invadió la sala, mientras cavilaban en sus intereses. Un carraspeo de garganta a su espalda sobresaltó a Marcos Sánchez, absorto en sus pensamientos. Dio un respingo en la silla, aunque sin despegar su pesado trasero ni lo más mínimo. Para eso haría falta algo más que un buen susto.

Marcos se giró confundido y sobresaltado, pudiendo ver a un hombre de unos treinta años elegantemente vestido con un traje oscuro sentado en un sillón en una esquina. Se sorprendió por no haberle visto al entrar, y comprendió que la puerta, al abrirse, le encubría. Aunque más sorpresa experimentó al indagar en qué sentido tenía estar allí, totalmente al margen de la negociación; de hecho, y por lo visto, al margen de todo y de todos. Ese hombre ni se inmutó al ser observado, y seguía hojeando una revista con tranquilidad, como si nada le perturbara.

Marcos volvió a acomodarse y a mirar con incredulidad al duro negociador que tenía enfrente. Tuvo que hacer un esfuerzo para retomar la negociación en el punto donde lo habían dejado.

—Bien, señor… Medina, no me haga perder el tiempo ni la paciencia. Le ofrezco la seguridad de unas ganancias millonarias en los próximos cinco años, y usted aduce a que le obligo a firmar por una exclusividad total, restregándomelo por la cara. —No disminuyó ni un ápice su ferocidad en cada palabra.

Nicolau frunció el ceño, cada vez más crispado por ese asqueroso arrogante y altivo ser. «¿Quién te crees que eres, maldito gordo seboso? ¿Con quién te crees que estás hablando, con un repartidor de pizzas que se ha equivocado en la entrega?» La ira iba corroyéndole las entrañas, despacio, sin cesar.

—Yo no le he restregado nada por la cara. He sido muy educado hasta ahora, algo que no puede decirse de su comportamiento. No conoce el significado de la palabra «educación». —Seguía transmitiendo una gran serenidad que aumentaba esa aura de sabiduría. Su mirada, sin embargo, con los ojos entornados, refulgía una ira que se clavaba como cuchillos en los pequeños ojos de Marcos, los cuales no se amedrentaron y continuaron retándole.

—Es un viejo engreído que no ve más allá de su ombligo, ansioso de poder y dinero. Y no se preocupe por limar asperezas en el contrato, ahora soy yo el que no lo piensa firmar. Tendrá que venir suplicándome para que lo haga. ¡Vámonos! —le instó a su acompañante mientras se levantó tan deprisa como pudo.

—¿Suplicarle yo a usted, por un mísero contrato? Podría vivir durante mil años sin la necesidad de ingresos económicos, estúpido arrogante —bramó Nicolau enfurecido.

Marcos Sánchez se encaminó a abandonar la sala a grandes zancadas, sin detenerse a escuchar la réplica de Nicolau. Antes de abrir la puerta, jadeando, miró con arrogancia y furia al hombre que seguía sentado con una revista entre sus manos. Éste tenía una mirada penetrante, poderosa, intimidatoria, que le hizo sentir fugazmente un escalofrío. Era lo más parecido a un matón. Sin embargo, no movió ni un músculo. Marcos y su hombre de confianza se marcharon sin mirar atrás.

—Ese maldito cabrón me ha humillado. A mí… —susurró Nicolau lo suficientemente alto para que le oyera su misterioso acompañante.

Se sentía como perro apaleado. Nunca en su vida, y ya tenía unos cuantos años, le habían tratado con tanto desprecio, con tanta chulería. Cerró su puño derecho con todas sus fuerzas, invadido por la rabia, y lo estrelló violentamente contra la mesa.

—Nadie humilla a Nicolau Medina —escupió cada letra, fuera de sí, deseoso de venganza, mirando fijamente a su guardaespaldas, sentado en el otro extremo de la espaciosa sala, que se mantenía impasible, inexpresivo.

 

 

  

 

 

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