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Capítulo 1

 

Después de un día largo y agotador, Nathaniel Sullivan entró en su vivienda, un oasis de tranquilidad. Se quitó la americana y se aflojó el nudo de la corbata, caminando directo hacia el salón. Al llegar, se dejó caer en su sillón favorito, con un suspiro hondo y sonoro. Parecía haber llevado la cruz de Cristo durante horas. Recostó la cabeza y sus ojos se perdieron en la inmensidad del techo.

Su mujer, sentada en el sofá viendo una telenovela, lo miraba con el ceño fruncido, inquisitiva, y a la vez compasiva.

—Buenas noches, sí, yo también me alegro de verte, cariño —ironizó Claire ante el mutismo de su marido, que parecía ignorarla por completo.

—Estoy destrozado, no tengo fuerzas ni para quejarme… —susurró.

Ella siguió observándolo, en silencio. Su trabajo a veces lo exprimía al máximo, y hoy parecía ser uno de esos días. Pero había algo que la inquietaba desde hacía unos días: su marido parecía ensimismado todo el tiempo, absorto en su mundo.

—¿Ha sido fructífera la reunión?

—Hemos avanzado bastante. Mañana continuaremos… —contestó Nathaniel en susurros.

—Cariño, ya sé que no es el momento, pero ¿te preocupa algo? Desde hace días te noto raro —quiso ahondar en el tema. Hasta el momento no había conseguido una respuesta que la convenciera.

—Cosas del trabajo… —volvió a susurrar, ocultando la verdad. Nathaniel ya había dejado en segundo plano la extensa reunión donde abordaron los temas que tantos quebraderos de cabeza les causaba. Ahora estaba concentrado en un tema espinoso, demasiado quizás. No podía revelar nada a nadie, al menos por ahora. Hasta que no esclareciera los hechos sería como una tumba. Presentía que faltaba poco para desenmascarar la verdad.

Todo había comenzado diez días atrás, cuando, por casualidad, descubrió una cuenta fraudulenta de alguien que trabajaba en “su” edificio. Parecía algo gordo, y no dudó en investigar. Lo primero que pensó fue en informar inmediatamente al “jefe”, pero lo desestimó. Decidió que lo resolvería él mismo y así apuntarse un tanto. Después se lo entregaría en bandeja de plata.

Pero necesitaba a alguien capaz de adentrarse en cualquier sistema informático, capaz de acceder a todos los archivos habidos y por haber, y para su suerte, conocía a esa persona: Calvin, un agente de la CIA, y un gran amigo. De algo servía ser vicepresidente de los Estados Unidos. Se puso en contacto con él y desde entonces le mantenía informado de sus averiguaciones. Había confirmado que alguien que trabajaba en el edificio Eisenhower recibía elevadas sumas de dinero ilegal que depositaba en bancos de medio mundo. Las últimas noticias que recibió de Calvin fue que, siguiendo el rastro de la procedencia del dinero ilegal, había descubierto algo relacionado con una breve lista donde aparecían nombres de mujeres jóvenes que habían desaparecido, todas inmigrantes.

Nathaniel no sabía adónde llegarían sus indagaciones, pero comenzaba a tener miedo. Miedo a descubrir una verdad hiriente, algo terrible. Algo de lo que avergonzarse. Si bien él no era el responsable de todo el personal, sí era el encargado del edificio, la Vieja Oficina Ejecutiva, tal y como se le conoce al Edificio de Oficinas Ejecutivo Eisenhower, donde trabaja la mayoría del personal de la Casa Blanca. Por ello intentaba solucionar el problema, desentramar ese asunto oscuro. Esperaba conseguir el aplauso del presidente de los Estados Unidos, incluso algo más. Últimamente la relación entre ambos parecía deteriorarse, y no sabía por qué, no había motivo aparente. Descubriendo algo tan sonado dentro de los muros del edificio Eisenhower, no dudaba en que volvería a ser la mano derecha del presidente.

Claire no le quitaba el ojo de encima, y la respuesta de su marido, una vez más, la había dejado insatisfecha y, peor todavía, más preocupada. Él seguía en su mundo, totalmente abducido.

El sonido del móvil de Nathaniel sacó a ambos de sus respectivos pensamientos. Era un SMS. Tras un momento de duda, sacó con rapidez el móvil del bolsillo al pensar que podría ser su amigo de la CIA con más información. Y no se equivocaba. Le informaba que le había enviado un correo electrónico. Miró a su mujer un instante y se levantó con renovadas energías.

—Voy a mi despacho, no tardaré.

Claire no se molestó en contestar. Estaba claro que algo ocultaba, y estaba dispuesta a insistir hasta que su marido lo revelara.

Nathaniel se sentó delante del ordenador, con el pulso acelerado. La posibilidad de descubrir quién era el energúmeno era algo delicioso, aunque no tanto sus trapicheos. Sin perder un instante abrió el correo. Enseguida reparó en uno de ellos: no aparecía el nombre del contacto, como era habitual en su amigo de la CIA. Era importante mantener el anonimato y que fuera imposible de rastrear, sobre todo para alguien que se jugaba su puesto en la CIA. Cuando abrió el email se quedó estupefacto.

—Santa madre de Dios… —dijo en voz baja, casi en susurros. La nueva información daba un giro total al asunto. Desde luego no se esperaba algo así, ni remotamente. Se quedó mirando perplejo la pantalla, inmóvil, sin pestañear. Ni si quiera su mente, siempre activa, estaba en funcionamiento. Era como si el mundo se hubiera detenido.

Nathaniel ni siquiera oyó abrirse la puerta de su despacho, incluso tardó en percibir movimiento por el rabillo del ojo, tan atónito como estaba en la pantalla del ordenador. Cuando reaccionó, al intuir la presencia de su mujer cerca, cerró el email antes de que pudiera leer el contenido. Lo cerró a tiempo, pero cuando se giró para mirarla, descubrió, pálido como ya estaba, que no era su mujer. Sin tiempo a digerir la situación, un leve siseo rompió el absoluto silencio del despacho, justo en el instante en que veía una pistola con silenciador apuntándole directamente a su cabeza, y una milésima de segundo después todo se volvió negro.

 

 

 

Capítulo 2

 

A una hora temprana cogió el teléfono móvil de tarjeta, marcó el número y esperó a que contestara. Estaba hecho una furia, y no era para menos. Su socio se había vuelto loco, había perdido el poco juicio que tenía.

Al otro lado de la línea, tras varios pitidos, contestó una voz melosa, posiblemente a causa de haberlo despertado.

—¿Te has vuelto loco? ¿Se puede saber a qué demonios crees que estás jugando? —No podía controlar su ira, ese maldito tipejo se había excedido enormemente.

—Te he hecho un favor. Ese tipo estaba llegando demasiado lejos… —contestó con voz firme.

—¡Ese tipo era el vicepresidente de los Estados Unidos, por el amor de Dios! ¡Matarlo era totalmente innecesario! —Apretaba el puño derecho con inusitada fuerza, mientras el teléfono móvil parecía a punto de desintegrarse por la fuerza aplicada en la otra mano.

—¿Innecesario? No me hagas reír. Sabía demasiado, y acabaría por descubrir el pastel. Hemos tenido que quitárnoslo de en medio. El problema es que no hemos podido localizar a su contacto. Ese maldito cabrón es un as, y no deja rastro. Espero que ahora esté muy asustado y se esconda de nosotros, si no tendremos un grave problema. Sabe demasiado…

—El grave problema lo tenemos ahora, listillo. Pondrán patas arriba el país hasta dar con el asesino. No pararán hasta encontrarnos —dijo controlándose a duras penas.

—No me faltes al respeto, maldito hijo de puta. No hablas con uno de tus subordinados. —Hizo una breve pausa—. A nosotros no nos descubrirán, aunque encuentren al que apretó el gatillo. Eso lo sabes tan bien como yo. He tenido que matar a ese cabrón para salvarnos el culo. Recuerda que solamente los muertos no hablan.

—Espero que te vayas al infierno —escupió antes de colgar, y tiró el móvil al suelo con fuerza, invadido por la rabia. Estaba demasiado furioso para pensar con claridad. Pero había algo indudable: habían asesinado al vicepresidente de los Estados Unidos, y eso era jugar con fuego, incluso para ellos.

 

 

El sutil sonar de sus pisadas invadían el silencio. Las afueras de la pequeña ciudad venezolana se despertaba con parsimonia, como si temieran al nuevo día. La pobreza reinaba en cada casa destartalada de esa parte de la ciudad. Por ella andaba María, alegre como siempre, como si fuera ajena a todas esas penurias que las gentes del lugar estaban acostumbradas a sufrir; incluso ella misma. A sus quince esplendorosos años, ya era huérfana y trabajaba siempre que podía para poder llevarse a la boca algo más que un mendrugo de pan duro. Vivía bajo la protección de un íntimo amigo de su padre, tan pobre como lo fuera él, junto con su familia que la adoraban como si fuera hija propia. En ese aspecto había tenido suerte.

El día anterior no había tenido la fortuna de encontrar trabajo para ese día, así que iba a la plaza de la ciudad a ver si conseguía algo de trabajo para mañana, incluso para hoy. Solía trabajar limpiando las casas, los portales, incluso algún bar. También había hecho de niñera en varias ocasiones, pero lo que más odiaba eran las labores agrícolas. Trabajar en el campo era deslomarse, terminar el día con todos los músculos y huesos doloridos. Pero a veces no tenía elección, y debía ganarse el pan como fuera. Así de dura era la vida para María. Sin embargo ella vivía feliz, soñando con un futuro mejor. Era soñadora por naturaleza, y bien sabe Dios que por ello había sobrevivido ante aquella perra vida que le había tocado vivir.

—Buenos días, María.

María ofreció su mejor sonrisa. De hecho, sonreía con facilidad.

—Buenos días, Manuela. ¿Qué tal Adriana? —preguntó deteniendo su alegre caminar.

—Ha salido hace un cuarto de hora. Si vas a la plaza, la verás. A ver si tenéis suerte y encontráis trabajo para hoy —contestó apesadumbrada.

María asintió convencida. Manuela era la madre de una amiga suya, tan pobres como ella.

—Seguro que sí. Si no, nos pasearemos por la ciudad a ver si encontramos marido —dijo María con voz cantarina. Siempre soñaba con casarse y tener hijos. Y ya tenía edad suficiente para ello. Muchas mujeres se casaban a los dieciséis años, y alguna antes. Pero todavía debía encontrar al hombre que la mereciese. Por desgracia, los chicos de su condición eran unos niñatos, y tampoco le atraía demasiado casarse con uno de ellos y llevar la misma mala vida que tan bien conocía. Ella esperaba poder casarse con un chico de la ciudad, guapo y apuesto, con dinero suficiente para poder comer y cenar adecuadamente todos los días, comprarse de vez en cuando vestidos floridos y poder acudir al cine todos los viernes.

—Pues tened cuidado porque hay mucho malnacido por ahí, y todavía sois muy jóvenes —advirtió con tono maternal.

María se rio ante la ocurrencia de Manuela. Ya era toda una mujer.

—Bueno, me voy que llego tarde —anunció cantarina mientras reanudaba sus gráciles pasos hacia la plaza.

La falda del viejo y descolorido vestido flameaba ligeramente ante la brisa que refrescaba su cuerpo. Hoy volvería a hacer calor, demasiado para la época. Iba cruzando calles ajena a su entorno, sumida en sus pensamientos, mientras se adentraba en la ciudad. Allí la actividad ya había comenzado, y el ruido del gentío y sus quehaceres inundaban las calles.

Un coche avanzaba con rapidez. Se dirigía a la plaza de la pequeña ciudad. Súbitamente, desaceleró hasta casi detenerse. Avanzó con extremada lentitud, acompasando su marcha a la de una chica joven que caminaba por la desvencijada acera. Después dio un pequeño acelerón hasta colocarse a su altura, frenó en seco y dos hombres se bajaron rápidamente del asiento posterior.

María oyó el frenazo, sacándola de su ensimismamiento. Todo ocurrió demasiado deprisa. Dos hombres la agarraron por los brazos y la metieron en el coche. Al principio se quedó bloqueada, sorprendida por los acontecimientos. Después gritó como una loca mientras la empujaban al interior del vehículo, rasgando el aire. La gente que en los alrededores se encontraba miró con indiferencia lo ocurrido, regresando a sus quehaceres como si tal cosa, sin inmutarse si quiera. Los neumáticos derraparon y el coche salió disparado con una aterrorizada María maniatada por los raptores.

 

 

 

Capítulo 3

 

Después de haber puesto la cafetera en funcionamiento, Enric Savall se duchaba con tranquilidad mientras repasaba mentalmente las tareas a llevar a cabo a continuación. Un nuevo día amanecía en Washington, un nuevo día aburrido y monótono. Parecía que la crisis también había llegado para los delincuentes, al menos para los importantes. No es que se alegrara cuando ejecutaban uno de sus perversos actos, pero al menos le mantenía al pie del cañón, tal como le gustaba. A sus cuarenta y seis años, era un agente especial del FBI bregado en la acción, disfrutando al máximo cuando tenía un adversario a su altura. Ahora llevaba una temporada con casos insulsos, que le tenían desmotivado, rozando el tedio. Lo que desconocía, ingenuo de él, era que en unos segundos todo esto cambiaría.

El móvil cobró vida y Enric comenzó a maldecir. No podía ser más inoportuna la llamada. Cerró el agua a regañadientes y salió de la ducha.

—¿No podías esperar cinco minutos a que llegáramos al Departamento? —preguntó nada más coger el móvil y ver que se trataba de su jefe de Unidad. Ambos trabajaban en el NCAVC (Centro Nacional para el Análisis de Crímenes Violentos)

—Han asesinado al vicepresidente del Gobierno. Te necesito aquí, en su residencia oficial. Y cagando leches —advirtió antes de colgar, sin esperar respuesta.

Enric bajó lentamente el móvil, incrédulo, y lo miró como si encerrara el mayor secreto jamás contado. La información que acababa de recibir retumbaba en su cerebro, incesante. Estaba colapsado mentalmente, no podía creerlo. Alzó la vista para mirarse en el espejo que tenía delante, pero estaba totalmente empañado. ¿Estaría soñando? Lo dudaba. La excitación comenzó a apoderarse de él, al principio débilmente, después de forma devastadora. Debía ponerse en marcha. Envió un mensaje a su compañero para que le recogiera inmediatamente, no podía esperar a la hora acordada, aunque tan sólo faltaba un cuarto de hora. Se vistió apresuradamente, con un ciclón en forma de pensamientos sobre el caso que le esperaba, porque, evidentemente, se lo darían a él, ¿no? Por algo le había llamado su jefe de Unidad. Sus tres mujeres todavía dormirían a pierna suelta. Ya informaría a su esposa después. Vertió la cafetera ya lista en un vaso de plástico y salió a la calle a esperar a su compañero. Maldijo que no hubiera llegado todavía.

Enric y su compañero, Ronnie Morris, llegaron a la residencia oficial del vicepresidente de los Estados Unidos: la Rotonda del Observatorio Número 1, ubicada en los terrenos del Observatorio Naval de los Estados Unidos, en Washington.

Lo primero que pensó fue si no habría escuchado bien el lugar que le indicó por teléfono su jefe; los alrededores de la casa estaban en una calma total. Aunque sí se veían un buen número de coches aparcados en la entrada. Era algo extraño. Al entrar el silencio era casi total, y no se veía el habitual ajetreo propio de un homicidio.

—¿Está el agente al mando Ham? —preguntó Enric al cruzarse con un tipo de corbata que no conocía de nada.

—Por allí —dijo mientras señalaba hacia el inmenso pasillo que se abría delante de él, siguiendo a continuación su camino.

Enric caminó por el pasillo indicado, no tardando en escuchar voces apagadas. Poco después encontró a Earl Ham, su jefe de unidad. Se encaminó hacia él mientras barría ocularmente la habitación. Todo parecía estar en orden, en un perfecto estado de revista. No tardó en ver al vicepresidente sentado en una silla giratoria, frente a una pantalla de ordenador. Para estar muerto, estaba muy bien acomodado en la silla, incluso parecía que estuviera durmiendo.

—¿Dónde demonios os habéis metido? —preguntó el agente especial al mando Earl, con cara de pocos amigos—. Te he llamado hace una hora.

—Es que estaba depilándome…

Earl Ham lo fulminó con la mirada.

—Déjate de bromas, Savall, el horno no está para bollos.

No, desde luego que no estaba. Habían matado a la mano derecha del hombre más poderoso del mundo. Enric observó detenidamente el cadáver. Se apreciaban dos impactos de bala en la cabeza.

—Por cierto, ¿quién te ha invitado? —preguntó un sonriente Enric a su jefe.

—No me jodas, Savall. Este no es un caso cualquiera, como comprenderás. Los de arriba quieren máxima discreción. Por ahora, aquí no ha pasado absolutamente nada, ¿me oyes? Top Secret hasta que los jefazos digan lo contrario.

Ahora comprendía el porqué no se había acordonado la zona. Era un tema peliagudo, y por ahora no querían hacer público el suceso.

—¿Hemos encontrado alguna prueba? —preguntó un “apartado” Ronnie Morris. Llevaba poco tiempo en el FBI, pero sobre todo se sentía empequeñecido por la enorme figura, tanto física como profesional, de su compañero y maestro, Enric Savall: cercano a los dos metros de altura y fuerte como un toro, imponía algo más que respeto.

—Todavía no —contestó Earl Ham un tanto alicaído.

En ese momento entró el médico forense.

—Ya tengo todo —anunció mientras irrumpía en el despacho del vicepresidente. Había examinado los cadáveres tanto del vicepresidente como de su mujer.

—¡Andrew!, cuánto tiempo sin verte —Enric le tendió la mano.

—Agente Savall, me alegro de verte. Sí, demasiado tiempo.

—No habrás estado en alguna isla paradisíaca, ¿verdad? —preguntó Enric con una sonrisa pícara.

—He padecido cáncer —contestó muy serio, con aplomo, no pareciendo haberle molestado el comentario.

Enric se quedó de una pieza.

—Vaya, no lo sabía. ¿Todo bien?

El forense asintió con convicción. Mientras, el agente al mando observaba la escena divertido.

—Mientras el bueno de Savall digiere su metedura de pata, por qué no empiezas a contarnos qué has encontrado.

El forense abrió un bloc que llevaba bajo el brazo y se puso a inspeccionar las páginas con calma.

—Si me permiten, comenzaré a exponer lo que aparentemente sucedió. El asesino, probablemente era una única persona, entró en el edificio. Todavía no sabemos por dónde ni cómo. Primero asesinó a la esposa, con un disparo a bocajarro en la parte posterior del cráneo. Ella ni se enteró. Fue sorprendida mientras veía la televisión en el salón. Después entró aquí. El «vice» estaría mirando la pantalla del ordenador, y tal vez tardó un poco en percatarse de la presencia del intruso. El asesino le disparó cuando se encontraba a un metro, aproximadamente, de distancia, en la sien izquierda, y después lo remató, si no estaba muerto ya, con un disparo a bocajarro entre ceja y ceja.

Enric comenzó a rumiar la información a pleno rendimiento. Desde luego, a la espera de la confirmación de la Policía Científica y de la posterior autopsia, parecía clara la profesionalidad del asesino.

—¿Todavía no se han encontrado indicios de por dónde accedió a la vivienda? —preguntó un confundido Enric.

—No. Siguen trabajando en ello.

—Eso quiere decir que el asesino entró de una manera “sencilla” —opinó Earl Ham.

—Podría ser alguien conocido… —pensó en voz alta Enric—. Tal vez explicaría también por qué el vicepresidente no se inmutó al ver al asesino entrar aquí.  

—Pudiera ser. Pero no está nada claro ese hecho, sobre todo si el cadáver no hubiera sido movido de la silla donde está ahora, como ha sido el caso.

Los tres agentes se miraron al no comprender el razonamiento del forense.

—Hay huellas e indicios de que —prosiguió el forense ante las caras de incredulidad de los agentes—, después de haberle disparado, lo bajó de la silla y lo arrastró hasta aquí —señaló unas manchas de sangre en el suelo, unas pequeñas eses rojas hasta detenerse a un metro de distancia de la silla giratoria—, y después, como podéis ver, lo volvió a sentar en la silla.

Este tipo de casos eran los que entusiasmaban a Enric, los que debía de poner toda su imaginación y todas sus dotes para desentramarlo, sobre todo si la víctima era tan importante, como era el caso.

—¿Alguna idea al respecto? —preguntó sin destinatario concreto el jefe de Unidad.

—El asesino estaría cansado y tuvo la necesidad de sentarse un rato… —soltó Savall.

Por extraño que pareciera, nadie hizo comentario alguno, concentrados como estaban y, sobre todo, sin ganas de hacer caso a chorradas semejantes.

—Podría ser… —susurró un absorto Earl Ham.

Todos lo miraron un tanto confundidos. Desde luego no podía ser que pensara realmente en lo que Enric había dicho.

—Quiero decir, ¿y si se sentó para indagar algo en el ordenador? —se apresuró a aclarar ante las miradas traumatizadas de sus subordinados.

—Para indagar en el ordenador no creo que sea necesario tomarse tantas molestias —discrepó Enric.

—A no ser que tuviera que estar mucho tiempo frente al ordenador…

Enric se concentró en las palabras de su jefe. Era una buena suposición. El vicepresidente podría estar trabajando en algo importante. Incluso…

—Incluso podría ser el móvil del crimen. Me refiero a algo en lo que trabajaba el vicepresidente.

Inmediatamente el forense dejó sus notas en el suelo y llamó a su ayudante. Como ya había autorizado el levantamiento del cadáver, podían moverlo sin problemas. Así que, sin perder un segundo, bajaron el cuerpo al suelo con suma delicadeza, y el jefe de la Policía Científica, que también había entrado en la habitación, se puso manos a la obra y buscó en la silla giratoria cualquier partícula que pudieran analizar.

Mientras, Earl Ham llamaba por teléfono pidiendo a un experto en informática. La tensión se podía palpar en el ambiente, y cada uno hacía su trabajo de forma metódica, más de lo normal. Sabían que todos y cada uno que formaran parte en este caso serían posteriormente examinados con lupa, y debían asegurarse de trabajar brillantemente si no querían verse señalados por el mismísimo presidente de los Estados Unidos.

Los tres agentes del FBI y el forense miraban, casi sin respirar, el trabajo de Eizen, el jefe de la Unidad de la Científica. En este caso no se andaban por las ramas, y habían acudido los respectivos “jefes” a hacer el trabajo. Eizen, con unas pinzas diminutas en una mano y una lupa en la otra, extraía cualquier partícula que encontraba en la silla donde supuestamente el asesino se había sentado.

—No creo que tengamos tanta suerte como para encontrar aquí una pista que nos lleve al asesino, pero me voy cagando leches para analizar esto —informó un apresurado Eizen, una ver terminado su trabajo.

Enric pensaba igual, pero a veces la liebre salta cuando menos te lo esperas. Lo que sí podía avanzarles en el caso era ese informático que debía de haber llegado ya. Tenía esperanzas puestas en encontrar algo en el ordenador, algo que revelara alguna fuente, algo a lo que agarrarse e investigar sólidamente.

—¡Ey, chicos, mirar esto! —Un agente de la Policía Científica, que todavía trabajaba en la inmensidad de la residencia, los llamó un tanto alarmado.

Enric y el resto de los que se encontraban allí se volvieron rápidamente y pudieron observar, una vez cerrada la puerta de la habitación donde se encontraban, unas pintadas en la parte interior de la puerta. Se acercaron como hipnotizados, sin apartar la vista de las letras que habían pintado, aparentemente con un espray.

—“A cada puerco le llega su San Martín” —leyó en voz alta Ronnie Morris.

—¿“Puerco”? Yo creía que el refrán era con “cerdo” —opinó extrañado el forense. Enric también lo creía, pero enseguida cayó en la cuenta.

—Este refrán creo que se usa en Latinoamérica.

—¿Latinoamérica? —preguntó Ronnie. Eso no significaba nada bueno—. ¿Tema de drogas?

—Espero que no —se sinceró el agente al mando. Algo así sería demoledor para el país entero. Que el vicepresidente de los Estados Unidos estuviera metido en un asunto de drogas convulsionaría la nación, aparte de poder iniciarse una crisis electoral, o algo todavía peor.

—Desde luego no pinta nada bien —dijo Enric—. Lo que parece quedar claro es que ha sido por un ajuste de cuentas. —Eso era algo indudable. La pintada no dejaba lugar a dudas. Se enfrentaban a un caso embarazoso, que deberían llevar con guante de seda.

En ese instante la puerta, que tan concentrados seguían en ella, se abrió de golpe y entró el experto en informática, lo que hizo que más de uno se sobresaltara.

—Por fin —dijeron todos al unísono una vez que se identificó.

Una hora después, el experto en informática aseguró que alguien había eliminado varios archivos y navegación reciente. Pero no había encontrado nada más que pudiera dar un poco de luz al caso.

La pregunta que se hacían ahora era: ¿Había sido el asesino el que había eliminado esos archivos, o había sido el propio vicepresidente? Y ¿qué contenían? Los próximos días se auguraban negros para todos los integrantes del caso.

 

 

 

Capítulo 4

 

Megan echaba de menos a su exnovio. Hacía dos semanas que su relación había terminado y cada día que pasaba se arrepentía más de su equivocación. Su decisión de dejarlo se había basado en la decreciente pasión que sentía por él y por quedar en el olvido esa chispa que antes experimentaba junto a él. En definitiva, se había aburrido de él. Tanto que había comenzado a mantener relaciones sexuales con un amigo, de forma ocasional, deseosa de buscar nuevas experiencias que cubrieran las carencias de su relación con Kevin. Ahora, sin embargo, no tenía ni novio ni amante. Su amigo había conocido a una chica especial, según él, y habían dejado de verse. Precisamente ahora, cuando ella estaba soltera, libre como el viento, con su cuerpo joven de diecinueve años pidiendo sexo a gritos.

—Mamá, estoy hecha un lío —anunció nada más llegar a la cocina, donde su madre, Madeleine Stwart, preparaba la cena. Junto con Nicole, eran los tres amores de Enric Savall.

—Qué te pasa, cariño —contestó sin prestar mayor atención.

—Estoy pensando en llamar a Kevin y hablar con él de lo nuestro.

Madeleine dejó el cuchillo de pelar patatas y la miró con atención.

—¿Estás segura? Bueno, que yo sepa, estabas convencida precisamente de lo contrario; por algo cortaste con él.

Megan bajó la mirada, cambió de postura y se rascó el cabello negro suavemente.

—Ya… es que… —No pudo continuar. Solía contarle muchas intimidades a su madre, pero esta vez sentía demasiada vergüenza para sincerarse. La verdad era que echaba de menos follar con él. Más bien era la facilidad con la que, en cualquier momento, podía tener relaciones sexuales. Era la ventaja de tener novio.

—¿Qué? —preguntó Madeleine ante las dudas de su hija.

«Que estoy como loca de echar un polvo, joder» tuvo ganas de gritarle. Pero no, se sentía incapaz de confesar algo así. Sería una vergüenza para su madre tener una hija tan lujuriosa.

—Si es porque crees que él no va a querer saber nada de ti, yo no estaría tan segura de ello. Al fin y al cabo, acabasteis como amigos —expuso Madeleine con convencimiento.

Megan volvió a revolverse incómoda. Eso era lo que su madre creía, que habían acabado como amigos. Si ella supiera… Le había ocultado su relación con ese amigo con el que cada vez que le veía se daban una alegría al cuerpo.

—La verdad es que no acabamos tan bien —se sinceró. Carraspeó un poco—. Le puse los cuernos.

Madeleine alzó las cejas hasta casi tocar el techo.

—¿Él lo sabe?

—Lo sabe toda la universidad. Le llaman el Reno —dijo divertida.

—A mí no me parece gracioso. Además, un poco exagerado, ¿no?

—Es que se los puse en más de una ocasión —confesó en susurros, avergonzada.

Madeleine gruñó mientras volvía a sus quehaceres, escondiendo su enfado, y su decepción. Ella también había sido joven, y también tuvo algún desliz, pero no entendía esos comportamientos, esa traición a la persona con la que compartes tu amor. No. Nunca lo había entendido. Tal vez, a sus cuarenta y siete años, podían tildarla de anticuada, pero era su forma de ser, y bien orgullosa estaba de ello. Podía decir alto y claro que nunca había sido infiel a su marido, y que nunca lo sería. Y eso que pretendientes nunca le faltaron, tan atractiva como todavía era. Se mantenía delgada, alta, rubia, preciosa… Los hombres todavía se volvían para admirarla.

—Entonces cómo vas a llamarlo —la recriminó—. Después de hacerle tanto daño no querrá saber nada de ti. —No se anduvo por las ramas, y más que le hubiera dicho, pero intentó controlarse.

A Megan se le cayó el alma a los pies. La verdad a veces golpea con fuerza. Lo peor era que ya lo sabía, sin embargo no quería admitirlo. Necesitaba un chico urgentemente que la acariciara, que la besara con pasión, que sus cuerpos se fundieran en uno solo.

En ese instante apareció Enric Savall, no desentonando su semblante con las de su mujer e hija.

—Hola, Enric —saludó Madeleine preocupada—. Me he enterado de lo del vicepresidente del Gobierno. Estaréis todos como locos, me imagino. —En su rostro se podía reflejar claramente el dolor que sentía.

—Sí. Los jefes quieren resultados ya, saben lo que se les viene encima. Y por ahora no tenemos nada. —Esa era la realidad: nada. Habían entrevistado a vecinos, a conocidos, a un nutrido grupo del personal de la Casa Blanca, habían revisado las llamadas telefónicas, interrogado a la servidumbre de la residencia, obtenidos los primeros resultados de la autopsia y del resto del material de la Policía Científica… Y nada, absolutamente nada.

—¿Te han asignado el caso? —preguntó Madeleine con excitación. Se sintió eufórica ante esta posibilidad, aunque al instante pensó que sería una tragedia para ambos. Y es que su matrimonio, precisamente, no atravesaba por los mejores momentos.

—Sí. Me espera una buena… Voy a mi estudio, necesito un buen puro. —Esa era la gran pasión de Enric, dotándole además de la tranquilidad y serenidad suficientes para pensar con mayor claridad y brillantez.

—No te preocupes, papá, resolverás el caso como siempre —intentó animarlo Megan.

Enric le sonrió levemente, con gesto cansado, y le acarició la mejilla.

—¿Qué tal te va, hija?

—Bien… —contestó tímidamente. Pensó que bastante tenía su padre como para hablarle de sus propios problemas. Además, no le confesaría por nada del mundo sus actuales intimidades, y tampoco que había estado pensando en llamar a Kevin. Su padre lo aborrecía, y se había alegrado mucho cuando le anunció que había roto con él.

Mientras, Madeleine miraba a su marido marcharse hacia el estudio, alicaída, más bien triste. Por culpa del trabajo de Enric, su matrimonio se resquebrajaba por momentos. Ya habían tenido anteriormente alguna crisis, como era normal, pero sentía que esta vez era diferente, que podría ser algo menos pasajero. Para colmo de males, le habían asignado un caso sumamente escabroso e importante, lo que lo mantendría ocupado las veinticuatro horas al día hasta que lograran resolverlo, si es que lo conseguían. Volvió a coger el cuchillo y se afanó en pelar las patatas, como si al pelarlas consiguiera deshacerse de todos sus problemas.

Enric, una vez despojado de su inseparable cazadora larga de cuero negra, acomodado en su sillón y con un puro en sus manos, pudo encontrar el sosiego necesario para pensar con clarividencia. Incluso para no ser tan fatalista. La verdad es que habían conseguido algo, aparte de confirmar la procedencia del refrán que hallaron pintado en la puerta del despacho del vicepresidente del Gobierno. Tal y como había creído, ese refrán se usaba en países latinoamericanos, especialmente en México, Argentina y Panamá. Esto hacía pensar que el móvil del crimen pudiera tener conexión con el tráfico de drogas, lo que sería trágico para la nación. Pero todavía era pronto para aventurarse en conjeturas, aunque todos sus razonamientos desembocaban en oscuros asuntos.

Exhaló una bocanada de humo con deleite y observó su discurrir. Sí, habían conseguido algo en lo que investigar. Era un hilo muy fino en una madeja gigantesca, pero era algo a lo que aferrarse de momento. Habían rastreado la transferencia de datos de internet perteneciente a la cuenta de la víctima, y habían encontrado una serie de email recibidos a través de una cuenta ficticia. Por desgracia también se había asegurado, el vicepresidente o el asesino, de borrarlas. El problema era que resultaba imposible localizar la procedencia de esos correos electrónicos, dada la imposibilidad de rastrearlos. Por otra parte, quedaba la duda de si simplemente se trataba de un pirata informático contratado o de alguien más importante y cualificado. Ambas opciones encajaban, ese maldito vicepresidente de los Estados Unidos estaba de mierda hasta el cuello. De momento intentarían tirar de ese hilo, pero se antojaba sumamente complicado conseguirlo. Por ahora era lo único que tenían.

 

 

 

 

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